Linterna de Popa 545

Linterna de Popa 545

Jorge F. Baca Campodónico

Junio 2026

La lección del Brexit para el electorado peruano

Como una decisión errada del electorado pueden marcar el destino económico de una nación

Destaque

El Brexit del Reino Unido dejó una advertencia clara: cuando una nación vota mal debilita la confianza y altera sus reglas económicas, el costo se traduce en menos inversión, menor empleo y más pobreza. Perú en esta segunda vuelta enfrenta hoy una disyuntiva semejante. Mantener el modelo económico de libre mercado o caer en el modelo socialista estatizante que propone la izquierda radical.

Aunque la mayoría de analistas económicos advierte que una eventual victoria de la izquierda representada por Roberto Sánchez podría resultar profundamente perjudicial para la economía peruana por su apuesta por alterar el modelo económico consagrado en la Constitución de libre mercado, respeto a los contratos,  independencia del BCRP y apertura a la inversion y comercio internacional, persiste un sector de economistas e ideólogos de izquierda que se han sumado a última hora al equipo técnico de Juntos por el Peru y que insisten en reivindicar un mayor control estatal sobre los medios de producción y medidas de corte aislacionista, incluidas restricciones al comercio internacional. La experiencia comparada demuestra que ese camino no solo ha generado resultados nefastos en varios países de la región, sino que también ha dejado lecciones recientes en Europa: el Brexit en el Reino Unido evidenció cómo decisiones políticas que debilitan la integración económica, elevan barreras y erosionan la confianza pueden traducirse en menor inversión, menor crecimiento y mayores costos sociales.

La historia reciente del Reino Unido ofrece una lección poderosa sobre cómo los resultados de unas elecciones pueden transformar radicalmente el rumbo económico de un país. El Brexit, la salida británica de la Unión Europea aprobada en el referéndum de 2016, no solo redefinió las relaciones comerciales y políticas de la nación, sino que también tuvo consecuencias profundas en su economía y en la vida cotidiana de sus ciudadanos. Hoy, Perú enfrenta un dilema similar: mantener el modelo económico de libre mercado que ha sostenido su crecimiento durante tres décadas o dar un giro hacia un esquema estatizante que podría comprometer los avances logrados.

El impacto económico del Brexit

El Brexit fue presentado como una apuesta por la soberanía y el control de las fronteras. Sin embargo, las cifras muestran que el costo económico ha sido elevado. El PIB potencial del Reino Unido se redujo entre un 8% y un 12%, la inversión cayó en torno al 15% y las exportaciones se contrajeron significativamente. El Tesoro británico calcula pérdidas fiscales de hasta 90.000 millones de libras anuales, lo que limita la capacidad del Estado para financiar servicios públicos.

Industria golpeada y tasa de desempleo creciente

La industria británica, especialmente la automotriz y la farmacéutica, sufrió por la imposición de nuevas barreras comerciales. Las cadenas de suministro se encarecieron, los tiempos de entrega se alargaron y muchas empresas trasladaron operaciones a países de la Unión Europea (UE) para mantener acceso al mercado común. Pero el golpe no se limitó a la competitividad empresarial: también se trasladó al empleo. El cierre de líneas de producción, la reducción de inversiones y la relocalización de plantas comenzaron a traducirse en despidos, menor contratación y un deterioro progresivo del mercado laboral.

En un contexto en el que la tasa de desempleo del Reino Unido ha vuelto a situarse alrededor del 5%, su nivel más alto en varios años, el Brexit aparece cada vez más vinculado a una pérdida de puestos de trabajo de calidad, particularmente en sectores industriales que antes dependían de la integración fluida con Europa. Así, la salida de la UE no solo debilitó a la industria, sino que además agravó la incertidumbre de miles de trabajadores y familias que hoy enfrentan un horizonte laboral más precario.

Servicios debilitados

El sector servicios, que representa alrededor del 80% del PIB británico, también acusó con fuerza el impacto del Brexit. Londres, durante décadas indiscutido centro financiero de Europa, comenzó a perder parte de su ventaja competitiva frente a plazas como París, Frankfurt, Dublín y Ámsterdam, en un proceso silencioso pero constante de redistribución de negocios, capital y talento. Las exportaciones de servicios hacia la UE retrocedieron cerca de un 16% en los segmentos más expuestos a las nuevas barreras regulatorias, reflejo de mayores costos de cumplimiento, pérdida de reconocimiento automático de calificaciones profesionales y dificultades para prestar servicios con la fluidez que antes garantizaba el mercado único.

Dentro de este universo, el sector financiero ha sido el más afectado. La pérdida del llamado “pasaporte” europeo obligó a bancos, gestoras de activos, aseguradoras y firmas de inversión a trasladar parte de sus operaciones, activos y personal hacia ciudades de la UE para seguir atendiendo a sus clientes comunitarios sin interrupciones. El daño, por tanto, no fue solo simbólico para la City londinense: implicó menos actividad, menor capacidad de influencia y una erosión gradual de una posición que el Reino Unido había construido durante décadas. A ello se sumaron los efectos sobre servicios conexos como la consultoría, los servicios legales, la educación superior y otras actividades profesionales que dependían de un entorno abierto, integrado y previsible. En conjunto, el debilitamiento del sector servicios mostró que el Brexit no solo encareció el comercio de bienes, sino que también golpeó el principal motor de la economía británica.

Los efectos sociales del Brexit

Más allá de las cifras macroeconómicas, el Brexit tuvo consecuencias sociales palpables. El ciudadano promedio es hoy más pobre que antes de la salida de la UE. Los precios de bienes importados aumentaron, reduciendo el poder adquisitivo. La inflación golpeó especialmente a los hogares de menores ingresos.

La movilidad laboral también se restringió. Miles de jóvenes británicos perdieron la posibilidad de estudiar y trabajar libremente en Europa, limitando sus oportunidades. El sistema de salud enfrentó escasez de personal debido a la salida de trabajadores europeos. En conjunto, el Brexit generó un clima de incertidumbre y descontento social que aún persiste.

La evolución del modelo económico peruano

Perú vivió una transformación radical desde los años noventa. Tras la hiperinflación y crisis de los ochenta, el país adoptó un modelo de apertura comercial, estabilidad macroeconómica y promoción de la inversión privada. La Constitución de 1993 consolidó este marco, permitiendo tres décadas de crecimiento sostenido.

Entre 1990 y 2020, el PIB per cápita se multiplicó, la pobreza se redujo de más del 50% a menos del 25%, y la inversión extranjera directa se convirtió en motor clave de sectores como minería, telecomunicaciones y servicios financieros. El país logró mantener estabilidad fiscal y monetaria, incluso en medio de crisis internacionales.

Este modelo permitió mejoras sociales notables: mayor esperanza de vida, acceso a educación y vivienda más digna, y una clase media emergente que cambió el rostro del país.

Los riesgos de un cambio de modelo en Perú

El debate actual sobre un cambio hacia un modelo estatizante plantea riesgos similares a los que enfrentó el Reino Unido con el Brexit. Limitar la inversión extranjera, revisar las reglas de juego y ampliar el margen de intervención estatal podría frenar el crecimiento, desincentivar la inversión y poner en riesgo los avances logrados. En ese contexto, la candidatura de Roberto Sánchez aparece para amplios sectores empresariales y financieros como una fuente adicional de incertidumbre.

Aunque en la segunda vuelta ha intentado proyectar una imagen de mayor moderación para atraer al electorado de centro, el riesgo no desaparece mientras se mantengan en su entorno político y programático propuestas de cambio constitucional, mayor protagonismo económico del Estado y revisión del marco que hoy protege la inversión, la propiedad y la apertura comercial. El problema de fondo no es solo lo que se dice en campaña para calmar temores, sino la señal que se envía cuando subsisten ideas que apuntan a redefinir las bases del modelo económico peruano. La experiencia demuestra que, en materia económica, la sola expectativa de un giro drástico basta para paralizar decisiones de inversión, acelerar la salida de capitales y deteriorar la confianza antes incluso de que se adopten medidas concretas.

La fuga de capitales: un síntoma de desconfianza

La fuga de capitales es uno de los síntomas más claros de la desconfianza que generan las decisiones políticas de gran calado. En el Reino Unido, tras el referéndum de 2016, se produjo una salida significativa de recursos financieros. Londres, que había sido durante décadas el corazón de la banca europea, vio cómo miles de millones en activos se trasladaban hacia otras plazas como París, Frankfurt y Ámsterdam. Bancos internacionales reubicaron operaciones para mantener acceso al mercado común europeo, debilitando el rol de la City londinense como capital financiera global. Esta fuga no se limitó al sector financiero: también afectó la inversión en proyectos industriales y tecnológicos, pues muchas empresas que antes consideraban al Reino Unido como puerta de entrada a Europa comenzaron a mirar hacia otros países, reduciendo la capacidad británica de atraer inversión extranjera directa.

En Perú, la experiencia ha sido igualmente contundente. Tras la elección de Pedro Castillo en 2021, la incertidumbre política provocó una fuga de capitales que alcanzó los 20.000 millones de dólares. Los inversionistas, temerosos de un giro estatizante, retiraron recursos que eran vitales para sostener proyectos de inversión y empleo formal. Hoy, la historia parece repetirse. La posibilidad de una victoria en segunda vuelta de Roberto Sánchez ha generado un clima de desconfianza que ya se traduce en cifras alarmantes: en los últimos tres trimestres, la fuga de capitales ha llegado a 26.000 millones de dólares.

Las consecuencias de este fenómeno son profundas. La salida de capitales significa menos inversión privada, especialmente en sectores estratégicos como la minería, que es el motor del boom exportador peruano. Sin nuevos proyectos, no se generan empleos formales y la informalidad se expande. La recaudación tributaria se debilita, incrementando el déficit fiscal y reduciendo la capacidad del Estado para financiar políticas sociales. Al mismo tiempo, el Banco Central de Reserva pierde margen de maniobra para controlar la inflación, que se dispara ante la pérdida de confianza y la salida de recursos. Se configura así un círculo vicioso: pérdida de poder adquisitivo, menos inversión, más déficit fiscal y más inflación, que termina por aislar al país de los mercados internacionales y cerrar las puertas a su inserción en el comercio global.

El paralelo entre Reino Unido y Perú es evidente. En ambos casos, la fuga de capitales ha sido una reacción inmediata a la incertidumbre política. En el Reino Unido, debilitó la posición financiera de Londres y redujo la inversión extranjera directa. En Perú, ya ha provocado salidas de capital que superan los 26.000 millones de dólares en apenas cuatro trimestres. La lección es clara: la confianza es el activo más valioso de una economía. Sin ella, los capitales se van, los proyectos se detienen y el crecimiento se frena.

Caída de la inversión privada

La inversión privada, especialmente la extranjera, sería la primera víctima de un giro estatizante. Sin confianza en la estabilidad jurídica y económica, los capitales buscarían otros destinos y la fuga de recursos mermaría de manera significativa la llegada de inversión extranjera directa, precisamente la que resulta clave para financiar proyectos mineros de gran envergadura, intensivos en capital, tecnología y plazos largos de maduración.

En un país como el Perú, donde la minería explica una parte sustancial de las exportaciones, la recaudación y el ingreso de divisas, la postergación o cancelación de grandes iniciativas no sería un daño marginal, sino un freno directo al crecimiento económico. Sin nuevos proyectos, se reduciría la expansión de la producción, se debilitarían los encadenamientos con proveedores locales, se limitaría la creación de empleo formal y el país perdería una fuente esencial de dinamismo para sostener inversión, competitividad y desarrollo en las próximas décadas.

Pérdida de empleo formal

Sin inversión, no se generarían nuevos puestos de trabajo formales. La informalidad, que ya afecta a gran parte de la población, se incrementaría. La falta de empleo de calidad impactaría directamente en la reducción de la pobreza, revirtiendo los avances de las últimas décadas. A ello se sumaría el efecto de un eventual aumento del salario mínimo vital a 1,500 soles, una medida que, aunque presentada como una mejora para los trabajadores, podría convertirse en una carga muy difícil de absorber para miles de pequeñas y medianas empresas que operan con márgenes estrechos, baja productividad y limitado acceso al crédito.

En lugar de estimular el empleo, un alza abrupta de ese tipo podría llevar a muchas firmas a congelar contrataciones, recortar personal, reducir jornadas o simplemente trasladarse a la informalidad para sobrevivir. El resultado sería paradójico: menos empleo formal, mayor precariedad y un desincentivo adicional a la inversión privada, especialmente en los sectores intensivos en mano de obra, donde el costo laboral es determinante para expandir operaciones y generar nuevas oportunidades.

Inestabilidad fiscal y monetaria

La caída de la inversión y del crecimiento afectaría las cuentas fiscales, ampliando el déficit y reduciendo el margen del Estado para sostener el gasto sin poner en riesgo la estabilidad macroeconómica. Pero el problema no se detendría allí. En un escenario de fuerte incertidumbre política, el tipo de cambio sufriría una presión constante al alza por la salida de capitales y la mayor demanda de dólares, encareciendo de inmediato las importaciones de combustibles, alimentos, insumos industriales y bienes de capital. Ese traslado cambiario a los precios internos se sumaría a una inflación ya elevada, deteriorando con rapidez el poder adquisitivo de los hogares y elevando los costos de producción de las empresas.

En esas condiciones, la política monetaria del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) podría verse severamente tensionada. Subir tasas para frenar la inflación ayudaría a contener parcialmente la demanda, pero no resolvería una presión originada en la pérdida de confianza, la depreciación cambiaria y el drenaje de divisas.

Si la inflación y el tipo de cambio comienzan a retroalimentarse, el país podría entrar en una espiral inflacionaria difícil de manejar, donde cada nueva alza del dólar alimenta nuevos aumentos de precios y cada mayor incertidumbre provoca más salida de capitales. El desenlace de una dinámica así sería especialmente grave para la balanza de pagos: con menos ingreso de capitales, mayor presión sobre las reservas y crecientes dificultades para financiar importaciones y obligaciones externas, el Perú correría el riesgo de pasar de la inestabilidad macroeconómica a una verdadera crisis externa.

Aislamiento internacional

El Perú perdería atractivo como socio comercial no solo por un eventual alejamiento de la economía abierta, sino también por la señal de incertidumbre que enviaría al mundo una revisión de los tratados de libre comercio. La red de acuerdos comerciales del país ha permitido consolidar acceso estable y predecible a los principales mercados internacionales, dar seguridad a los exportadores y facilitar la llegada de inversión, tecnología e insumos que elevan la competitividad. Si el país optara por revisar, debilitar o relativizar esos compromisos, se deterioraría la confianza de nuestros socios y se pondrían en riesgo oportunidades comerciales que hoy sostienen buena parte del dinamismo exportador peruano.

A ello se sumaría un frente especialmente costoso: la multiplicación de controversias y juicios internacionales derivados de la suspensión de contratos, la alteración unilateral de concesiones o eventuales procesos de nacionalización, especialmente en minería, energía e infraestructura. Cuando un Estado desconoce compromisos asumidos o cambia de manera abrupta las reglas de juego, no solo enfrenta indemnizaciones millonarias y largos arbitrajes, sino que además deteriora su reputación jurídica ante los inversionistas. Ese tipo de precedentes encarece el financiamiento, paraliza decisiones de inversión y refuerza la percepción de que el Perú ha dejado de ser un destino confiable para proyectos de largo plazo.

En ese escenario, una alineación política y económica con países de baja apertura y fuerte intervención estatal, como Cuba o Venezuela, implicaría para el Perú una pérdida de oportunidades frente a los países con los que hoy mantiene acuerdos comerciales amplios y estables. El resultado sería una menor llegada de inversión extranjera directa, menos creación de empleo formal, menor incorporación de tecnología y productividad más baja. También se resentirían las exportaciones y, con ellas, la recaudación fiscal que financia servicios públicos y programas sociales. En otras palabras, el aislamiento internacional no sería un concepto abstracto: significaría menos crecimiento, menos empleo y menos bienestar para los peruanos.

El paralelo entre Reino Unido y Perú

El Brexit muestra cómo una decisión política puede revertir décadas de integración y crecimiento. En Perú, un cambio de modelo económico podría tener efectos similares: pérdida de confianza, caída de inversión, retroceso en la reducción de la pobreza y aislamiento internacional.

La historia británica funciona como advertencia: las decisiones políticas no son abstractas, tienen consecuencias tangibles en el empleo, la inversión y el bienestar de los ciudadanos.

Reflexión final

El error del electorado en 2016 motivó que el Reino Unido pagara un alto precio por el Brexit: menor crecimiento, pérdida de competitividad y un retroceso en su papel global. Perú, que ha disfrutado de tres décadas de prosperidad gracias a un modelo abierto y estable, enfrenta ahora una decisión crucial. Optar por un cambio radical podría significar repetir los errores británicos y poner en riesgo los avances logrados.

En definitiva, tanto el Brexit como el debate peruano muestran que el voto no solo elige gobernantes, sino que también define el rumbo económico de un país. La pregunta que queda abierta es si Perú seguirá consolidando el camino de apertura y crecimiento o si optará por un giro que, como en el caso británico, podría marcar un antes y un después en su historia económica. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).

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