Linterna de Popa 543

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Jorge F. Baca Campodónico

Mayo 2026

Por qué votar por Keiko Fujimori en la Segunda Vuelta Electoral

La opción entre el orden y la seguridad frente al caos económico y social

Destaque:

El Perú enfrenta una disyuntiva decisiva: orden y estabilidad frente a caos e incertidumbre. La segunda vuelta definirá si el país consolida un rumbo de institucionalidad económica y seguridad ciudadana, o inicia un giro político que podría comprometer la inversión, la gobernabilidad y la capacidad del Estado para sostener políticas públicas de largo plazo.

La segunda vuelta electoral del 2026 ha colocado al Perú ante una disyuntiva histórica. No se trata únicamente de escoger entre dos candidaturas, sino de decidir entre dos visiones de país que no podrían ser más opuestas. En un extremo se encuentra Keiko Fujimori, representante de una derecha de centro que apuesta por el orden, la estabilidad y la continuidad de un modelo económico que, con todos sus defectos, ha permitido al Perú crecer, reducir la pobreza y mantener una institucionalidad macroeconómica respetada en la región. En el otro extremo se ubica Roberto Sánchez, candidato de una izquierda radical que intenta presentarse como moderada, pero cuyo historial político, su discurso y la composición de su entorno revelan una orientación estatista, confrontacional y profundamente riesgosa para la estabilidad del país.

La campaña de segunda vuelta ha puesto en evidencia que lo que está en juego no es un simple cambio de administración, sino la preservación de un modelo de convivencia social y económica que ha permitido al Perú sostenerse incluso en momentos de crisis global. La ciudadanía enfrenta una decisión que marcará el rumbo del país por décadas: optar por un camino de orden, seguridad y responsabilidad fiscal, o aventurarse en un experimento político que amenaza con desmantelar los pilares que han sostenido la economía peruana durante los últimos treinta años.

En este contexto, resulta fundamental analizar objetivamente por qué la opción de Keiko Fujimori representa una apuesta por el orden, la estabilidad y el progreso, mientras que un eventual gobierno de Roberto Sánchez podría conducir al país hacia un escenario de caos económico, inseguridad ciudadana y aislamiento internacional.

Keiko Fujimori: la opción de centro‑derecha frente a una izquierda radical

La primera gran diferencia entre ambas candidaturas es ideológica. Keiko Fujimori encarna una derecha de centro, moderna, pragmática, que reconoce la importancia del mercado, la inversión privada y la estabilidad institucional como motores del desarrollo. Su propuesta no busca destruir lo avanzado, sino corregir lo que no funciona y fortalecer lo que sí ha dado resultados.

Roberto Sánchez, en cambio, intenta proyectar una imagen de moderación que no resiste el menor análisis. Su trayectoria política, su cercanía con sectores de izquierda dura y su discurso reiterado sobre la necesidad de “refundar el país” revelan una agenda radical. Aunque en campaña suaviza su mensaje para atraer a votantes indecisos, su programa mantiene elementos propios del socialismo estatizante: mayor intervención del Estado en la economía, debilitamiento de la inversión privada, expansión del gasto público sin sustento fiscal y un cuestionamiento abierto a la independencia de instituciones clave como el BCRP.

La segunda vuelta, por tanto, no enfrenta a dos versiones similares de un mismo proyecto, sino a dos modelos incompatibles: uno que apuesta por la continuidad responsable y otro que propone un giro ideológico que podría desestabilizar al país.

Orden y seguridad versus caos e inseguridad

En un país golpeado por el crimen organizado, la extorsión, el sicariato y la expansión del narcotráfico, la seguridad ciudadana se ha convertido en la principal preocupación de millones de peruanos. Keiko Fujimori ha construido su campaña sobre la premisa de recuperar el orden, fortalecer a la Policía Nacional, modernizar la inteligencia operativa y enfrentar frontalmente a las mafias que hoy controlan territorios enteros.

Su equipo en materia de seguridad es uno de los más sólidos de las últimas décadas. Figuras como Fernando Rospigliosi, César Miyashiro y el general Astudillo aportan experiencia, conocimiento técnico y una visión integral del problema. No se trata de improvisación, sino de un plan articulado que combina prevención, control territorial, reforma policial y cooperación internacional.

Roberto Sánchez, por el contrario, carece de un equipo solvente en seguridad. Su discurso se limita a generalidades y promesas vagas, sin un diagnóstico claro ni un plan operativo. La izquierda radical, además, ha mostrado históricamente una incomodidad ideológica frente al fortalecimiento de las fuerzas del orden, lo que anticipa un escenario de debilitamiento institucional y expansión del crimen. Un gobierno sin capacidad técnica ni voluntad política para enfrentarla solo agravaría la situación.

Economía: continuidad del modelo versus estatismo e incertidumbre

Uno de los pilares del éxito económico peruano ha sido la independencia del Banco Central de Reserva (BCRP). Gracias a ello, el Perú ha mantenido una inflación baja y estable durante décadas, incluso en contextos internacionales adversos. Keiko Fujimori ha reiterado su compromiso absoluto con la autonomía del BCRP y con la continuidad del modelo económico basado en la economía social de mercado.

Roberto Sánchez, en cambio, ha cuestionado abiertamente la independencia del Banco Central y ha planteado la necesidad de “democratizar” su conducción, un eufemismo que en América Latina suele significar politizar la política monetaria. La experiencia regional es clara: cuando los gobiernos intervienen en los bancos centrales, la inflación se dispara, la moneda se deprecia y la inversión huye.

Confianza para la inversión extranjera versus inseguridad jurídica y riesgo cambiario

El Perú necesita urgentemente un shock de inversión que permita crecer la economía a más del 6%, genere empleo y permita financiar las brechas sociales y de infraestructura. Keiko Fujimori representa una señal clara de confianza para los inversionistas nacionales y extranjeros. Su compromiso con la estabilidad jurídica, el respeto a los contratos y la apertura económica es fundamental para atraer capitales en un contexto global competitivo.

Roberto Sánchez, por el contrario, genera incertidumbre. Su discurso sobre renegociar contratos, aumentar la intervención estatal y revisar concesiones envía un mensaje negativo a los mercados. La inseguridad jurídica es el peor enemigo de la inversión. Sin inversión no hay empleo, sin empleo no hay ingresos, y sin ingresos no hay desarrollo.

Además, un gobierno que cuestione la estabilidad macroeconómica podría provocar una crisis cambiaria, con una depreciación acelerada del sol, aumento de la inflación y pérdida del poder adquisitivo de los hogares. La historia económica de la región está llena de ejemplos de países que, por decisiones políticas equivocadas, destruyeron en pocos años lo que habían construido en décadas.

Responsabilidad fiscal versus desorden y déficit creciente

El Perú enfrenta un déficit fiscal creciente, producto del manejo irresponsable del gasto público en un año electoral y de decisiones populistas del Congreso. La situación exige un gobierno capaz de restablecer la disciplina fiscal, controlar el gasto corriente y evitar que la deuda pública se dispare.

Keiko Fujimori ha planteado un enfoque prudente, orientado a la sostenibilidad de las cuentas públicas. Su equipo económico, encabezado por Luis Carranza e Ismael Benavides, tiene experiencia comprobada en el manejo fiscal y en la conducción de políticas económicas responsables.

Roberto Sánchez, en cambio, al incluir en su equipo económico a Pedro Francke, propone expandir el gasto corriente, aumentar la burocracia y financiar programas asistencialistas sin un sustento fiscal claro. Su visión del Estado como motor principal de la economía implica un incremento del gasto que, en ausencia de ingresos permanentes, solo puede conducir a un déficit insostenible. La irresponsabilidad fiscal no es una abstracción: se traduce en inflación, recortes sociales y crisis económicas que golpean especialmente a los más pobres.

Equipos técnicos: solvencia versus improvisación

La calidad de un gobierno se mide por la calidad de su equipo. Keiko Fujimori ha presentado un conjunto de técnicos con trayectoria, experiencia y conocimiento profundo de las áreas clave del Estado. En economía, figuras como Carranza y Benavides garantizan un manejo prudente y profesional. En seguridad, Rospigliosi, Miyashiro y Astudillo representan una combinación de experiencia operativa y visión estratégica.

Roberto Sánchez, en cambio, no ha mostrado un equipo sólido. Su entorno está compuesto por activistas políticos, dirigentes sin experiencia en gestión pública y asesores improvisados. Un país en crisis no puede darse el lujo de ser gobernado por la improvisación. La falta de cuadros técnicos no solo es un problema administrativo: es una amenaza directa a la estabilidad del país.

Dentro del contraste entre ambas candidaturas, uno de los elementos más decisivos es la calidad y la orientación de los equipos técnicos que cada proyecto político propone para conducir el Estado. En el caso de Fuerza Popular, la apuesta no se limita únicamente a convocar profesionales con experiencia comprobada en materia económica, de seguridad y de gestión pública; también incluye una visión más profunda y estructural: la necesidad de reformar la burocracia estatal sobre la base de la meritocracia, siguiendo modelos institucionales que han demostrado eficacia y estabilidad en el Perú, como el del Banco Central de Reserva.

El BCRP es, desde hace décadas, un ejemplo de cómo un sistema de selección meritocrático, riguroso y blindado de presiones políticas puede producir resultados de excelencia. Sus cuadros técnicos no llegan por afinidad partidaria ni por compromisos electorales, sino por competencia profesional, evaluaciones exigentes y una cultura institucional que premia el desempeño y la continuidad del conocimiento. Esta lógica es la que Fuerza Popular propone extender al resto del aparato estatal: un Estado profesionalizado, con funcionarios seleccionados por capacidad y no por militancia, capaz de sostener políticas públicas de largo plazo sin depender de los vaivenes políticos.

La propuesta implica una reingeniería del servicio civil, orientada a reducir la improvisación, eliminar la captura política de ministerios y organismos públicos, y construir una burocracia moderna, eficiente y estable. En un país donde la rotación de funcionarios es altísima, donde los cambios de gobierno suelen paralizar proyectos enteros y donde la politización de cargos técnicos ha debilitado la capacidad del Estado, esta reforma representa un paso indispensable para recuperar la eficacia institucional.

En contraste, el proyecto de Roberto Sánchez no ofrece garantías en este terreno. Su discurso y su entorno político sugieren una orientación distinta: la sustitución de funcionarios públicos por cuadros alineados ideológicamente, sin un compromiso claro con la meritocracia ni con la continuidad técnica del Estado. La izquierda radical ha mostrado históricamente una tendencia a politizar la administración pública, reemplazando profesionales con experiencia por militantes o simpatizantes cuya principal credencial es la afinidad política. Este tipo de prácticas no solo debilita la capacidad operativa del Estado, sino que genera inestabilidad, paraliza proyectos y abre la puerta a la improvisación.

Política social: productividad versus asistencialismo

La lucha contra la pobreza no puede basarse únicamente en transferencias monetarias. Si bien los programas sociales cumplen un rol importante, no son suficientes para romper la trampa de la pobreza. Keiko Fujimori ha planteado una estrategia orientada a aumentar la productividad de los sectores más pobres, especialmente en las zonas rurales y andinas.

Sus propuestas incluyen programas de reforestación, siembra y cosecha de agua, extensión agrícola, tecnificación del riego y garantía de mercados para los pequeños productores. Estas iniciativas no solo generan empleo, sino que aumentan la capacidad productiva de las comunidades y permiten un desarrollo sostenible.

Roberto Sánchez, en cambio, propone expandir los programas asistencialistas. Si bien estas políticas pueden aliviar temporalmente la pobreza, no generan productividad ni desarrollo. La experiencia internacional demuestra que el asistencialismo prolongado crea dependencia y no resuelve las causas estructurales de la pobreza.

Relaciones internacionales: equilibrio estratégico versus aislamiento

El mundo atraviesa una coyuntura geopolítica compleja. La rivalidad entre Estados Unidos y China exige que los países medianos mantengan un equilibrio estratégico que les permita aprovechar oportunidades sin caer en alineamientos extremos. Keiko Fujimori cuenta con un equipo internacional solvente capaz de manejar esta complejidad con profesionalismo.

Roberto Sánchez, en cambio, ha mostrado simpatías ideológicas que podrían llevar al Perú a una confrontación innecesaria con Estados Unidos y a una alineación automática con China. La incorporación de Rodriguez Cuadros al equipo  de Roberto Sánchez confirma esta tendencia. Además, su discurso polarizante podría aislar al país de los gobiernos latinoamericanos que hoy se están reorientando hacia posiciones de centro‑derecha. El aislamiento internacional no es un riesgo menor: afecta la inversión, el comercio, la cooperación y la capacidad del país para enfrentar crisis globales.

Presencia territorial y desarrollo regional

Fuerza Popular ha demostrado tener presencia en todo el país. Su propuesta incluye programas orientados al desarrollo regional inspirados en iniciativas exitosas del gobierno de Alberto Fujimori, como Pronamachs, Foncodes y la compra estatal de productos regionales para programas sociales como el Vaso de Leche y los programas escolares.

Roberto Sánchez, en cambio, plantea un enfrentamiento entre regiones y Lima como mecanismo para forzar un cambio constitucional. Esta estrategia no solo es peligrosa, sino que profundiza la división del país en un momento en que se necesita unidad y cooperación.

La derecha extrema y la necesidad de unidad nacional

En esta segunda vuelta, la unidad nacional no puede ser un eslogan vacío ni un gesto simbólico. Es una necesidad estratégica. La fragmentación de la derecha —y en particular la resistencia de algunos sectores más radicales a respaldar una opción de centro‑derecha— ha sido uno de los factores que históricamente ha permitido el avance de proyectos políticos de izquierda radical en el Perú. Hoy, sin embargo, el país enfrenta una coyuntura que exige dejar de lado diferencias ideológicas secundarias para priorizar un objetivo mayor: la defensa de un modelo de desarrollo que permita no solo crecer, sino desarrollarse, en el sentido más profundo del término.

Porque la prioridad nacional no puede reducirse al crecimiento económico entendido como un aumento del PBI. El Perú ya ha demostrado que puede crecer. Lo que falta —y lo que constituye el verdadero desafío histórico— es convertir ese crecimiento en desarrollo, es decir, en un proceso sostenido de aumento de la productividad, reducción de desigualdades y creación de oportunidades reales para los sectores más pobres. El desarrollo no es una cifra macroeconómica: es la capacidad de transformar la estructura productiva del país, elevar el capital humano, integrar a las regiones al mercado nacional y romper la trampa de la pobreza que afecta a millones de peruanos.

Este objetivo solo puede alcanzarse con un proyecto político que entienda que la pobreza no se elimina con asistencialismo, sino con productividad, infraestructura, tecnología, mercados, instituciones sólidas y estabilidad macroeconómica. Y para ello se requiere un gobierno que genere confianza, atraiga inversión, mantenga la disciplina fiscal y ejecute políticas públicas de largo plazo. La izquierda radical, con su énfasis en la redistribución sin creación de riqueza, no ofrece ese camino.

La unidad nacional, entonces, no es un pacto electoral, sino un compromiso con el futuro. Implica reconocer que el Perú necesita un gobierno capaz de impulsar un crecimiento inclusivo, basado en el aumento de la productividad de los sectores más pobres: agricultores de la sierra, pequeños comerciantes, trabajadores informales, microempresarios que hoy operan sin acceso a tecnología, crédito, capacitación ni mercados. Sin elevar la productividad de estos sectores, la pobreza no desaparecerá, por más que se incrementen las transferencias monetarias.

La derecha extrema, al sumarse a un proyecto de centro‑derecha, no renuncia a sus principios, sino que contribuye a construir un frente amplio por el desarrollo, capaz de enfrentar el malestar regional que hoy es capitalizado por la izquierda radical. Ese malestar no se combate con discursos, sino con resultados: carreteras, riego tecnificado, conectividad digital, acceso a mercados, seguridad jurídica, educación de calidad y un Estado profesionalizado que funcione.

La segunda vuelta, en este sentido, exige una lectura madura del momento histórico. No se trata de elegir entre matices dentro de un mismo espectro ideológico, sino de evitar que el país tome un rumbo que podría conducir a la paralización económica, la improvisación administrativa y el estancamiento social. La unidad nacional no es una consigna: es la condición necesaria para que el Perú pueda finalmente dar el salto del crecimiento al desarrollo.

Orden versus caos: la verdadera disyuntiva

La segunda vuelta no es una elección entre dos estilos de gobierno, sino entre orden y caos. Fuerza Popular representa el orden económico y social; Juntos por el Perú, el caos y la incertidumbre. En un contexto de inflación internacional provocada por la guerra entre Estados Unidos e Irán, y con un déficit fiscal creciente producto del mal manejo de las cuentas públicas, el país necesita un gobierno responsable, con un equipo técnico sólido y capacidad para atraer talento. Keiko Fujimori puede formar un gabinete de primer nivel. Roberto Sánchez no tiene equipo, y difícilmente podría atraer técnicos capaces de manejar la crisis.

Un llamado a la unidad nacional

La situación actual exige que los peruanos se unan detrás de una opción que garantice estabilidad. Las tensiones generadas por la primera vuelta deben quedar atrás. La izquierda radical representada por Roberto Sánchez intentará moderar su discurso para atraer votos, pero su programa estatizante y confrontacional permanece intacto.

Los votantes en blanco y quienes se abstuvieron de votar en la primera vuelta, deben comprender la magnitud del momento histórico. El Perú enfrenta una decisión que definirá su futuro. La opción que representa Keiko Fujimori ofrece estabilidad, crecimiento y orden. La alternativa representa incertidumbre, improvisación y riesgo. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).

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