Linterna de Popa 547

Linterna de Popa 547

Jorge F. Baca Campodónico

Junio 2026

Un El Niño severo se avecina

La inminencia de un nuevo 1997 y la urgencia de actuar antes de que sea demasiado tarde

Destaque

Las señales del Pacífico advierten un El Niño severo, comparable al de 1997. El Perú tiene apenas meses para ejecutar obras preventivas, proteger vidas e infraestructura, y evitar que la imprevisión convierta una amenaza anunciada en una tragedia nacional evitable.

La historia climática del Perú tiene una cualidad inquietante: siempre vuelve. A veces con la fuerza de un recuerdo doloroso, otras con la violencia de un golpe inesperado. Hoy, a pocos meses de que termine 2026, las señales que llegan desde el Pacífico ecuatorial son inequívocas. Las anomalías térmicas registradas por la NOAA y otras agencias internacionales muestran un patrón que se parece demasiado al que precedió al devastador Fenómeno del Niño de 1997-1998. Y, como entonces, el país se encuentra ante una disyuntiva que definirá no solo la magnitud de los daños, sino también la capacidad del Estado para proteger vidas, infraestructura y estabilidad económica: actuar ahora o lamentar después.

La memoria institucional del Perú es frágil. En 1997, el gobierno de Alberto Fujimori, con Alberto Pandolfi al frente de la Comisión Multisectorial del Fenómeno El Niño, ejecutó un conjunto de obras preventivas que, aunque no evitaron los estragos naturales, sí mitigaron de manera decisiva su impacto.

En 2017, por el contrario, el llamado Niño Costero encontró al país desprotegido, pese a que las advertencias habían sido claras desde 2015. La falta de previsión, la descoordinación y la ausencia de liderazgo técnico derivaron en una tragedia que dejó miles de damnificados y un costo económico que aún se siente.

Hoy, con un nuevo episodio del Niño en gestación, la pregunta no es si ocurrirá, sino cuán severo será y si el Perú está preparado para enfrentarlo. La respuesta, lamentablemente, es evidente: no lo está. Y el tiempo se agota.

El Fenómeno del Niño: una definición necesaria para entender lo que viene

Para comprender la magnitud del riesgo que enfrentamos, es indispensable recordar qué es exactamente el Fenómeno del Niño y cómo se mide. La NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) divide el Pacífico ecuatorial en cuatro zonas de monitoreo de temperatura superficial del mar: la zona 1+2, ubicada frente a las costas de Ecuador y Perú; la zona 3, más hacia el centro-este del Pacífico; la zona 4, hacia el oeste; y la zona 3.4, que es un promedio ponderado de las zonas 3 y 4. Esta última es la referencia internacional para declarar oficialmente la presencia de un episodio de El Niño o La Niña.

La clave para detectar su presencia está en la anomalía térmica: la diferencia entre la temperatura observada y el promedio histórico del mismo mes. Cuando la anomalía en la zona 3.4 supera los 0.5°C durante al menos cinco meses consecutivos, se declara la presencia del Niño. Cuando cae por debajo de -0.5°C, se declara La Niña. Este indicador ha sido útil para predecir patrones globales, pero tiene una limitación crucial para el Perú: no incorpora la zona 1+2, que es precisamente la que determina las lluvias torrenciales en nuestra costa. Pero existe una correlación de antecedencia entre lo que pasa en la zona 3.4 y la zona 1+2 como se muestra en el gráfico adjunto.

Esto significa que el Perú enfrenta un riesgo particular: puede haber lluvias devastadoras en la costa incluso cuando la zona 3.4 indica condiciones neutras. Así ocurrió en 1997 y así ocurrió en 2017. Y así puede volver a ocurrir ahora especialmente por el incremento acelerado de la anomalía en la zona 3.4 (esta por encima de los 0.5 °C desde mayo) que apunta a que se avecina un Niño muy fuerte a escala global. La mayoría de los modelos de predicción apunta que en septiembre de este año se cumplirán los cinco meses con anomalías por encima de los 0.5 grados °C y estas llegarían a superar los 2 grados °C lo que denotaría la presencia de un Niño muy fuerte similar al que ocurrió en 1997.

Las similitudes inquietantes entre 1997-1998 y 2026

La historia climática no se repite, pero rima. Y las rimas actuales son demasiado familiares. Las anomalías en la zona 1+2 han mostrado desde inicios de 2026 un comportamiento ascendente, con picos que recuerdan a los registrados en 1997. La NOAA ha advertido que la persistencia de estas anomalías, combinada con el calentamiento global, podría amplificar los efectos del Niño en la región andina y costera del Perú.

En 1997, la anomalía en la zona 1+2 comenzó a elevarse de manera abrupta a mediados de año, anticipando las lluvias que llegarían meses después. En 2026, el patrón es similar: un calentamiento rápido, sostenido y desconectado del comportamiento de la zona 3.4. Esta desconexión es precisamente la señal más peligrosa, porque indica que estamos ante un Niño potencialmente severo.

Cada vez que ocurrió un fenómeno del Niño global de grandes proporciones, siempre ocurrieron lluvias torrenciales en la costa del Perú. La conclusión es inevitable: las condiciones actuales apuntan a un Niño más severo que el de 2017 y potencialmente comparable al de 1997.

1997: cuando la prevención funcionó

En 1997, el Perú enfrentó uno de los mayores desafíos climáticos de su historia reciente. Pero lo hizo con una estrategia clara, liderazgo técnico y una ejecución disciplinada. Durante el gobierno de Alberto Fujimori, Alberto Pandolfi, ingeniero y ministro, encabezó una comisión multisectorial que coordinó obras de prevención en todo el país: compra de maquinaria (bulldozers y excavadoras en manos del ejercito), descolmatación de ríos, reforzamiento de puentes, ampliación de cauces, limpieza de drenes, reubicación de poblaciones vulnerables, protección de valles altos y siembra de árboles en zonas críticas.

Estas medidas no evitaron las lluvias, pero sí evitaron que el desastre fuera mayor. La infraestructura respondió mejor de lo esperado, los ríos tuvieron mayor capacidad de evacuación y las zonas urbanas sufrieron menos daños que en episodios anteriores. El país pagó un costo alto, pero no catastrófico. El contraste con 2017 no podría ser más marcado.

2017: la imprevisión como política de Estado

En el 2017, A pesar de contar con la partida presupuestal, el gobierno de Humala no hizo labores de prevención como se hicieron en 1997. Las labores fueron superficiales.
El río Piura necesitaba ser descolmatado anualmente, la realidad es que no había sido descolmatado en 18 años.

Las advertencias de 2015 y 2016 fueron ignoradas. El presupuesto asignado para prevención —3,000 millones de soles— no se ejecutó. El gobierno de PPK, en lugar de invertir en obras críticas, utilizó esos fondos para ajustar el déficit fiscal. El resultado fue devastador: el Niño Costero de 2017, que fue de inferior intensidad que la del Niño de 1997-1998, dejó más de 150,000 damnificados, destruyó infraestructura clave y paralizó la economía por meses. La lección es clara: la falta de prevención cuesta más que cualquier inversión preventiva.

La ARCC: una promesa incumplida

Tras el desastre de 2017, el gobierno creó la Autoridad para la Reconstrucción con Cambios (ARCC), un organismo que debía liderar la reconstrucción y ejecutar obras de prevención para evitar que un episodio similar volviera a golpear al país. Sin embargo, nueve años después, los resultados son decepcionantes.

La ARCC ha estado marcada por cambios constantes de liderazgo, denuncias de corrupción, retrasos injustificables y una ejecución presupuestal que nunca alcanzó los niveles necesarios. Las obras más críticas —descolmatación de ríos, reforzamiento de puentes, ampliación de cauces— siguen pendientes o inconclusas. En muchos casos, ni siquiera se han iniciado. El país llega a 2026 con la misma vulnerabilidad estructural que tenía en 2017, pero con un riesgo climático mayor.

Las proyecciones para 2026-2027: un Niño severo en el horizonte

La NOAA, el SENAMHI y otras agencias internacionales coinciden en que las anomalías en la zona 1+2 continuarán durante lo que resta de 2026 y el primer semestre de 2027. Esto significa que el Perú podría enfrentar un episodio severo del Niño entre diciembre de este año y marzo de 2027. Las lluvias intensas, los desbordes de ríos, los huaicos y la interrupción de vías son escenarios altamente probables. La ciencia no puede predecir el día exacto en que comenzarán las lluvias, pero sí puede advertir que ocurrirán. Y la advertencia ya está hecha.

La necesidad urgente de una comisión extraordinaria

Ante la inminencia del fenómeno, el gobierno debe actuar con rapidez y decisión. La ARCC ha demostrado ser incapaz de cumplir su mandato. Por ello, es indispensable crear una comisión extraordinaria que asuma de inmediato las funciones de prevención y preparación para el Niño que se avecina.

Esta comisión debe estar dirigida por la persona con mayor experiencia en prevención del Niño en el Perú: El ingeniero Alberto Pandolfi, quien lideró con éxito las acciones de 1997 y 1998. Su conocimiento técnico, su experiencia operativa y su capacidad de coordinación multisectorial son activos que el país no puede darse el lujo de ignorar.

Las tareas prioritarias de la comisión

La comisión extraordinaria debe partir de un diagnóstico inmediato de lo que la ARCC hizo y dejó pendiente. Esa revisión debe identificar las obras críticas inconclusas, los proyectos mal ejecutados y las zonas donde la vulnerabilidad sigue intacta, para pasar rápidamente de la evaluación a la acción.

Con esa información, la prioridad debe ser intervenir la infraestructura más expuesta: puentes, cauces, defensas ribereñas, drenes y carreteras amenazadas por desbordes o huaicos. Para ello se requiere adquirir y desplegar de inmediato maquinaria pesada —bulldozers, excavadoras, retroexcavadoras, motobombas y camiones cisterna— bajo una cadena de mando clara, con el Ejército como operador principal en los puntos críticos del norte, la costa central y las zonas altoandinas para evitar las demoras y la corrupción en la ejecución de las obras.

La preparación también debe proteger a las personas. Las poblaciones asentadas en quebradas, riberas y zonas de alto riesgo deben ser identificadas y, cuando sea necesario, reubicadas temporalmente antes de que empiecen las lluvias. Esa respuesta exige materiales para viviendas provisionales, espacios seguros y coordinación efectiva con gobiernos regionales y locales.

Finalmente, la comisión debe anticipar la etapa posterior a la emergencia: preparar viveros para la reforestación de zonas erosionadas y organizar desde ahora el control sanitario, el abastecimiento de agua potable y la vigilancia epidemiológica. En un Niño severo, la crisis no termina con la lluvia; continúa en los caminos destruidos, los suelos debilitados y los riesgos para la salud pública.

Solo quedan cinco meses: el tiempo es el enemigo

El calendario es implacable. Las lluvias podrían comenzar en noviembre o diciembre. Eso deja apenas cinco meses para ejecutar obras que normalmente tomarían un año. Por ello, el gobierno debe decretar estado de emergencia nacional, lo que permitiría acelerar procesos de contratación, adquisición de maquinaria y ejecución de obras.

A esto se suma un factor adicional: la visita del Papa León XIV, prevista para las mismas fechas en que podría manifestarse el Niño. La coincidencia de ambos eventos exige una preparación aún más rigurosa, tanto en infraestructura como en logística y seguridad.

Garantizar la continuidad del transporte y el abastecimiento

Uno de los impactos más graves del Niño es la interrupción de las vías de transporte. Cuando una carretera se corta o un puente colapsa, el país se paraliza en cadena: los alimentos dejan de llegar a los mercados, los combustibles escasean, los precios suben y la inflación se acelera. Ya ocurrió en 1998 y volvió a ocurrir en 2017; no hay razón para suponer que esta vez será distinto si el Estado no se anticipa.

Por eso, la continuidad del transporte debe ser una prioridad operativa, no una reacción tardía. El gobierno tiene que preposicionar maquinaria de emergencia en los puntos críticos, organizar equipos de respuesta rápida capaces de despejar vías en horas y no en días, y asegurar reservas estratégicas de alimentos básicos y combustibles en las regiones más vulnerables. Al mismo tiempo, debe coordinar con el sector privado rutas alternativas y mecanismos de distribución que permitan sostener el abastecimiento aun cuando las vías principales queden bloqueadas.

El costo económico del Niño

Los fenómenos del Niño no solo dejan huellas visibles en ríos desbordados, puentes colapsados o viviendas destruidas. También dejan cicatrices profundas en la economía peruana, reflejadas en el Producto Bruto Interno, la producción industrial, el empleo y la estabilidad macroeconómica. Las estadísticas de las últimas décadas muestran que su impacto no es un accidente imprevisible, sino un patrón que se repite cuando el Estado llega tarde a la prevención.

La pesca industrial, especialmente la destinada a producir harina de pescado, es uno de los sectores más sensibles a las variaciones de temperatura en la zona 1+2 del Pacífico. Cuando las aguas se calientan, la anchoveta migra hacia el sur o hacia aguas más profundas, reduciendo drásticamente la disponibilidad para la flota pesquera. Esto afecta también a la industria manufacturera que produce harina y aceite de pescado, dos de los principales productos de exportación del país.

En 1998, por ejemplo, la producción de harina de pescado cayó más de 60% respecto al año anterior. La pesca industrial se paralizó durante meses y la manufactura vinculada al sector experimentó una contracción severa. El impacto sobre el PBI fue inmediato: el crecimiento económico se redujo a menos de la mitad de lo proyectado, y la recaudación fiscal cayó en un momento en que el Estado necesitaba más recursos para financiar la reconstrucción.

El Niño Costero de 2017 replicó este patrón. Su impacto sobre la pesca fue considerable. La primera temporada industrial tuvo que suspenderse y la segunda se redujo drásticamente. La producción de harina de pescado cayó más de 40%, afectando exportaciones y toda la cadena de valor: transporte, almacenamiento, servicios portuarios y manufactura. El sector pesquero, que en años normales aporta entre 0.7% y 1% del PBI, se contrajo abruptamente y arrastró a sectores conexos.

Pero el impacto del Niño no se limita al mar. La interrupción de carreteras, puentes y caminos rurales golpea la disponibilidad de alimentos y combustibles. Cuando las lluvias cortan la Panamericana, la Sierra Central o los accesos a los valles agrícolas, los mercados urbanos sienten la escasez. Los precios de productos básicos suben, el transporte de combustibles se vuelve más lento y costoso, y la inflación queda presionada por choques de oferta que escapan a la política monetaria.

En 1998, la inflación anual superó el 7% en algunos meses debido a la escasez temporal de alimentos. En 2017, el impacto fue similar: los precios de productos frescos aumentaron entre 10% y 20% en cuestión de semanas, y el transporte de combustibles se volvió más complejo debido a la destrucción de carreteras y puentes. El Banco Central tuvo que ajustar sus proyecciones y advertir que la inflación se mantendría por encima del rango meta durante varios meses.

La reconstrucción, por su parte, tiene un costo monumental. Cada puente colapsado puede costar entre 20 y 50 millones de soles. Cada kilómetro de carretera destruida, entre 1 y 3 millones. Las defensas ribereñas requieren inversiones que superan los cientos de millones. Y las viviendas destruidas, muchas de ellas informales y ubicadas en zonas de alto riesgo, representan además un drama social que se repite año tras año.

En 1998, el costo total de la reconstrucción superó los 3,500 millones de dólares. En 2017, el costo estimado fue de 25,000 millones de soles, aunque la ejecución real de la ARCC nunca alcanzó ni la mitad de lo proyectado. La falta de prevención multiplica el costo de la reconstrucción: cada sol no invertido en descolmatación, reforzamiento de puentes o ampliación de cauces se convierte en diez soles gastados en reparar lo que pudo evitarse.

Hoy, con un Niño severo en el horizonte, el país enfrenta otra vez el riesgo de una caída significativa del PBI. La pesca podría paralizarse durante meses, la manufactura vinculada a la harina de pescado contraerse abruptamente, la agricultura costera sufrir pérdidas millonarias y las carreteras interrumpirse, afectando el abastecimiento de alimentos y combustibles. La reconstrucción podría convertirse, una vez más, en un proceso lento, costoso y plagado de ineficiencias.

La lección es clara: la prevención no es un gasto, es una inversión. Protege vidas, infraestructura, estabilidad económica y bienestar social. Si se realiza a tiempo, puede evitar que el país vuelva a enfrentar una desaceleración del crecimiento como la de 1998 o un shock inflacionario como el de 2017. Hoy, más que nunca, es indispensable.

Actuar ahora o lamentar después

El Perú ha vivido demasiadas veces la tragedia de la improvisación. Ha llorado sobre leche derramada más de lo que la memoria colectiva quiere admitir. Hoy, sin embargo, aún estamos a tiempo. Las señales están claras, las advertencias están hechas y la experiencia histórica nos ofrece un mapa de acción. Lo que falta es decisión política.

El país no puede permitirse repetir los errores de 2017. No puede seguir atrapado en antagonismos estériles ni en la parálisis burocrática. La prevención del Niño que se avecina debe ser una prioridad nacional, un esfuerzo conjunto que trascienda partidos, regiones y coyunturas.

Si actuamos ahora, podremos evitar pérdidas humanas, proteger infraestructura crítica, preservar la estabilidad económica y demostrar que el Estado peruano es capaz de aprender de su historia. Si no lo hacemos, enfrentaremos un nuevo desastre que será recordado como una tragedia evitable. El Niño está en camino. La pregunta es si estaremos preparados para recibirlo. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).

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