Linterna de Popa 534

Linterna de Popa 534

Jorge F. Baca Campodónico

Marzo 2026

Indicadores precisos, diagnósticos errados

¿Por qué el debate sobre el crecimiento peruano necesita más rigor y menos intuición?

Destaque

El debate no es si el PBI creció más o menos, o si el vaso está medio lleno o medio vacío, sino si las cifras realmente describen la economía de hoy. Indicadores parciales, alta informalidad, actividades ilícitas y un año base obsoleto distorsionan su lectura. Se requiere con urgencia el cambio del año base del PBI.

En el Perú, pocas cifras generan tanta discusión y debate como el crecimiento del Producto Bruto Interno. No es para menos: el PBI es el termómetro con el que se mide la salud de la economía, la brújula que orienta la política monetaria y fiscal, y el espejo en el que se miran inversionistas, analistas y ciudadanos para entender si el país avanza o retrocede. Por eso, cuando el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) reportó que la economía peruana creció 3.4% en 2025, la reacción fue inmediata. Para algunos, la cifra es razonable; para otros, insuficiente; y para un grupo creciente de economistas, simplemente equivocada.

Entre estos últimos se encuentra un destacado economista, quien en un artículo reciente plantea una tesis provocadora: que los indicadores administrativos —los que se miden con precisión casi quirúrgica, como el empleo formal medido por la planilla electrónica de la SUNAT, el IGV interno, las importaciones de consumo o el consumo de cemento— cuentan una historia distinta. Según el autor de la nota, la economía peruana habría crecido más de lo que reconoce el INEI. “Toda la información administrativa –verificable, detallada, creíble– apunta a una economía más caliente de lo que nos transmite el 3.4% de expansión del PBI del año pasado”, escribe el autor de la nota. Su argumento es seductor: si los datos más confiables muestran mayor dinamismo que los números oficiales, entonces el PBI estimado por el INEI estaría subestimando la realidad.

Pero ¿es realmente así? ¿Basta con observar el comportamiento del empleo formal, del IGV interno y otros indicadores parciales para concluir que el país crece más de lo que dicen las cifras oficiales? ¿O estamos ante un caso clásico de extrapolación apresurada, donde indicadores parciales se interpretan como señales inequívocas del conjunto? La respuesta, como suele ocurrir en economía, es más compleja que la intuición inicial.

Información Disponible

Para entender por qué, conviene revisar con cuidado los datos disponibles, incluyendo los del Informe Anual de Empleo del INEI, que contiene información detallada sobre la PEA y su descomposición en empleo formal e informal, las ventas y compras declaradas ante SUNAT, la demanda de electricidad del COES medida cada media hora y el consumo de cemento reportado por el INEI entre otras. También es útil considerar en este análisis, una entrega anterior de esta columna, que describe con claridad las fallas estructurales en la medición del PBI peruano y la urgente necesidad de actualizar el año base, anclado todavía en 2007. La combinación de estas fuentes permite construir una lectura más equilibrada, más rigurosa y, sobre todo, más objetiva sobre lo que realmente está ocurriendo con la economía peruana.

El espejismo del empleo formal

Uno de los pilares del argumento del articulo mencionado es el crecimiento del empleo formal. Según el autor, los puestos de trabajo formal del sector privado reportados en la planilla electrónica, que divulga la SUNAT, crecieron 6.2% en 2025, y la masa salarial formal aumentó 9.1%. Dado que estos datos provienen de la SUNAT, una fuente administrativa que identifica a cada trabajador por nombre, apellido y DNI, la conclusión parece lógica: si el empleo formal privado crece con fuerza, la economía debe estar creciendo más de lo que dice el INEI.

Sin embargo, esta lectura pasa por alto un detalle fundamental: el empleo formal del sector privado es solo una parte —y no precisamente la mayor— del mercado laboral peruano. El dato no incorpora el empleo formal del sector público ni el empleo informal. La Tabla 1 lo muestra con claridad. En 2025, la PEA empleada total según datos del INEI ascendió a 17.575 millones de personas. De ellas, 12.337 millones eran trabajadores informales. Es decir, el 70% del empleo en el Perú sigue siendo informal. El empleo formal (público y privado), en cambio, representa apenas el 30%.

Esto tiene implicancias enormes. El empleo formal (público más privado) puede crecer 4.7% —como efectivamente ocurre según la planilla electrónica—, pero si el empleo informal crece solo 0.45%, el impacto agregado sobre la PEA empleada total es mucho menor. De hecho, el crecimiento total de la PEA empleada en 2025 fue de apenas 1.46%. Y si se calcula el empleo informal por diferencia entre la PEA empleada y el empleo formal reportado por la planilla electrónica, se obtiene incluso una ligera caída de 0.23% y no un crecimiento de 0.45% como lo reporta el INEI.

En otras palabras, el dinamismo del empleo privado formal no puede extrapolarse al conjunto de la economía. No porque el dato sea incorrecto —al contrario, es probablemente el más preciso que tenemos—, sino porque representa una fracción minoritaria del mercado laboral. En un país donde la informalidad domina, el empleo formal es un indicador valioso, pero no representativo. Es como medir la temperatura de un paciente tomando solo la temperatura de un brazo: la lectura puede ser exacta, pero no necesariamente refleja el estado del cuerpo entero.

El IGV interno y la ilusión del consumo boyante

Otro de los argumentos del autor del artículo es el crecimiento del IGV interno, que habría aumentado 8.1% en 2025. Para él, este indicador —que no incluye el IGV a las importaciones— es “posiblemente el mejor indicador de consumo disponible”. Si el consumo crece a ese ritmo, sostiene, es difícil creer que el PBI crezca solo 3.4%.

Pero aquí también conviene mirar los datos con más cuidado. Primero los datos de la SUNAT solo abarcan la actividad formal de la economía.  Segundo, los datos de la SUNAT incluyen además de los datos del IGV Interno y el IGV de importaciones, la información detallada sobre las ventas y compras declaradas ante la SUNAT para efectos del IGV. Y lo que muestran estas cifras contradice directamente la conclusión del autor. Las ventas declaradas crecieron 9.5% en 2025, pero las compras declaradas crecieron 14.5%. La diferencia entre ambas —el valor agregado— cayó de 482 mil millones en 2024 a 456 mil millones en 2025. Es decir, el valor agregado declarado por los contribuyentes, que es un indicador más próximo al PBI, se redujo 5.4% (ver Tabla 2).

Este dato es crucial. El IGV interno mide transacciones, no valor agregado. Un aumento en ventas puede deberse a mayor formalización, a cambios en precios relativos, a sustitución entre canales de venta o incluso a un incremento en compras intermedias. Pero el PBI no mide ventas: mide valor agregado. Y el valor agregado declarado ante la SUNAT cayó en 2025. Esto no significa que la economía haya caído, pero sí que el IGV interno no puede interpretarse como un indicador directo del crecimiento del PBI.

La afirmación del autor del artículo, por tanto, es incompleta. El IGV interno puede crecer por razones que no tienen que ver con mayor producción. Y cuando se mira el indicador correcto —el valor agregado—, la historia es distinta.

Electricidad y cemento: los indicadores que sí importan

Hay dos indicadores que el autor del artículo menciona solo de pasada o no menciona en absoluto, pero que tradicionalmente han sido considerados como proxies confiables del crecimiento económico: la demanda de electricidad y el consumo de cemento. Si los analizamos, ambos cuentan una historia más matizada.

La demanda de electricidad creció alrededor de 2.5% en 2025 (ver Gráfico 1) y muestra señales de desaceleración en los primeros meses de 2026. Este indicador es especialmente valioso porque se mide en tiempo real, no depende de encuestas y refleja tanto la actividad formal como la informal. Un crecimiento de 2.5% en la demanda de electricidad es perfectamente consistente con un PBI creciendo 3.4%. No sugiere un dinamismo oculto ni un crecimiento subestimado; más bien confirma la cifra oficial.

El consumo de cemento, por su parte, muestra una recuperación respecto a los niveles deprimidos de años anteriores, pero todavía no alcanza los picos previos. El autor destaca que el consumo interno de cemento creció 12.3% en el último trimestre de 2025, pero este dato trimestral no refleja la tendencia anual (ver Gráfico 2). La inversión privada lleva varios años en caída, y aunque el cemento se recupera, lo hace desde niveles muy bajos. Interpretar este repunte como señal de un crecimiento mayor al oficial es, cuando menos, arriesgado.

El verdadero problema: un termómetro roto

Si los argumentos del mencionado autor sobre el empleo, el IGV interno y el cemento no son tan sólidos como parecen, ¿significa eso que el PBI está bien medido? No necesariamente. Mi Linterna de Popa sobre los errores de medición del PBI de meses pasados aporta una perspectiva indispensable. En esa entrega manteníamos: “Las fallas en la medición del PBI peruano generan diagnósticos errados que distorsionan la política monetaria y fiscal”. Y mi entrega añade una metáfora que resume el problema: “Seguir midiendo la economía de 2026 con la estructura de 2007 es como intentar diagnosticar a un adulto con los parámetros de un niño”.

El Perú arrastra tres problemas estructurales en la medición del PBI. El primero es la coexistencia de dos series oficiales —la del INEI y la del BCRP— que difieren en componentes clave como el PBI nominal, el consumo privado, la inversión y, sobre todo, la variación de existencias. Este último componente se ha convertido en un agujero negro estadístico. Según mi entrega pasada, “mantener la variación de existencias en niveles negativos por más de 19 trimestres […] es muy inusual”. La discrepancia entre el INEI y el BCRP en este rubro supera los 20 mil millones de soles. Para un banco central que utiliza la brecha del producto para definir su tasa de interés, estas diferencias pueden alterar por completo la lectura del ciclo económico.

El segundo problema es la informalidad y las actividades ilegales. Mi entrega lo dice sin rodeos: “La informalidad laboral supera el 70 por ciento”. Y añade que actividades como la minería ilegal, el narcotráfico, el contrabando y la tala ilegal mueven miles de millones de soles sin dejar rastro en los registros oficiales. Estas actividades generan producción, empleo, consumo y flujos financieros que no aparecen en las cuentas nacionales. La variación de existencias termina absorbiendo estas inconsistencias, distorsionando aún más la medición del PBI.

El tercer problema —quizá el más grave— es la falta de actualización del año base. El Perú sigue utilizando 2007 como año de referencia para las cuentas nacionales, a pesar de que las mejores prácticas internacionales recomiendan actualizarlo cada cinco o diez años. El mundo de 2007 no se parece en nada al de 2026. No existían los smartphones como hoy, el comercio electrónico era marginal, la minería ilegal no tenía la escala actual, la informalidad tenía otra composición, la estructura industrial era distinta y la digitalización era incipiente. Medir la economía actual con la estructura de 2007 es, literalmente, medir otra economía, especialmente cuando la Inteligencia Artificial está trastocando lo que se entiende por actividad económica.

¿Entonces quién tiene razón?

La respuesta no es binaria. El autor del artículo mencionado tiene razón en señalar que el año base debe actualizarse con urgencia y que la calidad estadística del INEI es insuficiente. También acierta al destacar que algunos indicadores administrativos muestran dinamismo. Pero se equivoca al interpretar estos indicadores como evidencia inequívoca de que el PBI está subestimado. El empleo formal crece, sí, pero es minoritario. El IGV interno aumenta, pero el valor agregado cae. El cemento se recupera, pero no despega. La electricidad crece moderadamente. Y la informalidad distorsiona cualquier lectura parcial.

El problema no es si el crecimiento del PBI es 3.4% o 4.5%. El problema es que no sabemos con precisión cuánto estamos creciendo. No porque falten datos, sino porque los datos no dialogan entre sí. No porque el INEI esté necesariamente equivocado, sino porque el sistema estadístico peruano está desalineado, desactualizado y fragmentado. Como señalamos en mi entrega mencionada, “la economía peruana necesita un solo termómetro, calibrado, moderno y confiable”. Necesitamos de un indicador del desarrollo económico que no solo mida su crecimiento sino el desarrollo del país de forma integral.

Conclusión: más rigor, menos intuición

El debate sobre el crecimiento económico peruano no debe reducirse a una disputa entre optimistas y pesimistas, entre quienes ven el vaso medio lleno y quienes lo ven medio vacío. Esa metáfora es insuficiente y, en cierto modo, engañosa. Lo que importa no es la actitud con la que se mira el vaso, sino si el vaso está bien calibrado o si es el recipiente más indicado. Los indicadores administrativos son valiosos, pero no pueden reemplazar al PBI. El empleo formal es preciso, pero no representativo. El IGV interno es dinámico, pero no mide valor agregado. El cemento repunta, pero desde niveles bajos. La electricidad crece, pero no se acelera. Y la informalidad distorsiona todo.

La tesis correcta no es que “estamos creciendo más de lo que dice el INEI”. La tesis correcta es que estamos midiendo mal, y por eso no sabemos con precisión cuánto estamos creciendo. Actualizar el año base, integrar registros administrativos, mejorar las encuestas y coordinar al INEI con el BCRP no es un lujo técnico: es una necesidad macroeconómica urgente. Solo entonces podremos saber si el vaso está realmente medio lleno, medio vacío o simplemente mal medido.  (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *