Linterna de Popa 540
Jorge F. Baca Campodónico
Abril 2026
Impacto de la Apertura Comercial en la Informalidad
La reducción de aranceles y los TLCs han contribuido a mitigar la informalidad
Destaque
Contra el mito de que abrir la economía destruye el empleo formal, la evidencia muestra que la reducción de aranceles y el aumento de TLCs, en conjunción con mejoras de productividad, ayudan a disminuir la informalidad en el Perú a pesar de un contexto adverso de altos sobrecostos laborales.
Muchos analistas económicos en el Perú han sostenido durante años que la apertura comercial y la firma de Tratados de Libre Comercio (TLC) provocan pérdida de empleo formal y un aumento inevitable de la informalidad. Del mismo modo, se ha defendido que elevar el salario mínimo, incrementar los sobrecostos laborales o mantener una legislación rígida no impulsa la informalidad, sino que protege la estabilidad laboral y garantiza mejores ingresos para la población.
Sin embargo, un reciente artículo publicado en Econométrica “Trade and Domestic Distortions: The Case of Informality” desmonta estas creencias: demuestra que, en economías con altos costos laborales y débil fiscalización —como las latinoamericanas— la apertura comercial bien diseñada tiende a reducir la informalidad, mientras que los sobrecostos laborales excesivos y un salario mínimo por encima de la productividad real empujan a empresas y trabajadores hacia el sector informal. Esta evidencia obliga a repensar el debate peruano y a observar con mayor rigor las dos fases que ha vivido el país desde 1990: una primera etapa en la que la apertura coincidió con un aumento de la informalidad y una segunda en la que, pese a mayores costos laborales, la consolidación de los TLC ha contribuido a su reducción. En esta entrega aplicamos los resultados del caso de Brasil estudiado en el artículo de Econométrica a la economía peruana y demostramos su validez.
Situación antes de los TLCs
Durante los últimos treinta años, el Perú ha vivido una transformación económica profunda, marcada por dos momentos claramente diferenciados. El primero, a inicios de los años noventa, estuvo dominado por un cambio del modelo económico y una apertura comercial abrupta que coincidió con un aumento significativo de la informalidad. El segundo, desde mediados de los años 2000, se caracterizó por la firma de Tratados de Libre Comercio que consolidaron la integración del país a la economía global y, paradójicamente, dieron paso a una reducción gradual de la informalidad, aun cuando los sobrecostos laborales aumentaron y el salario mínimo creció por encima de la productividad de amplios segmentos de la fuerza laboral.
Esta trayectoria, que a primera vista parece contradictoria, puede entenderse mejor a la luz de investigaciones recientes sobre la interacción entre comercio internacional y distorsiones internas. El estudio publicado en la prestigiosa revista Econométrica sobre el caso brasileño sostiene que la informalidad surge cuando las empresas enfrentan “impuestos gravosos y regulaciones del mercado laboral que se aplican de manera imperfecta”. En otras palabras, la informalidad no es solo un problema de pobreza o de cultura empresarial, sino el resultado de un sistema donde los costos de cumplir la ley superan la capacidad real de las empresas para asumirlos.
El Perú de los años noventa encajaba perfectamente en esta descripción. Tras décadas de proteccionismo, el país redujo drásticamente sus aranceles, eliminó barreras no arancelarias y abrió su economía a la competencia global. Pero lo hizo en un contexto donde la productividad era baja, la estructura empresarial estaba dominada por microempresas, los costos laborales formales eran elevados y en medio de una reducción drástica del empleo público. La apertura comercial llegó antes que la modernización productiva, y el resultado fue un aumento inmediato de la informalidad.
Las empresas formales, especialmente en agricultura, manufactura y comercio, enfrentaron una competencia externa para la que no estaban preparadas. Muchas no pudieron sostener los costos de EsSalud, CTS, gratificaciones, vacaciones pagadas y las indemnizaciones por despido. El salario mínimo, que aumentó en términos reales por encima de la productividad laboral durante la década, se convirtió en una barrera adicional para sectores de baja productividad. En ese escenario, miles de empresas optaron por la informalidad como estrategia de supervivencia, mientras que otras simplemente desaparecieron, empujando a sus trabajadores hacia actividades informales.

El estudio brasileño describe este mecanismo con precisión: cuando un país reduce sus barreras comerciales en presencia de fuertes distorsiones internas, la reasignación de recursos no se dirige inmediatamente hacia las empresas más productivas, sino hacia aquellas que pueden evadir los costos de la formalidad. Por eso, en la primera etapa de la apertura peruana, la informalidad aumentó. La economía se abrió, pero las reglas internas no cambiaron al mismo ritmo.
Situación después de los TLC
Sin embargo, a partir de mediados de los años 2000, el panorama comenzó a transformarse. El Perú firmó una serie de TLC con Estados Unidos, China, la Unión Europea y otros socios comerciales. Estos acuerdos redujeron aún más la tasa efectiva de impuestos a la importación, pero lo hicieron en un contexto completamente distinto al de los noventa. La economía peruana crecía a tasas elevadas con términos de intercambio favorables, la inversión privada se expandía y sectores como la agroexportación, la minería, la construcción y los servicios modernos empezaban a absorber mano de obra formal.
La apertura comercial, esta vez, encontró un país más productivo, con términos de intercambio favorables, con empresas capaces de competir y con una demanda interna más dinámica. La reducción de aranceles ya no destruía el empleo formal; por el contrario, lo creaba. La lógica coincide con la del estudio brasileño, que señala que una reducción de los costos de comercio “…conduce a una contracción de la informalidad tanto en el sector manufacturero como en el de servicios”. Cuando las empresas formales pueden acceder a insumos más baratos, exportar con mayor facilidad y operar en un entorno macroeconómico estable, se vuelven más competitivas y absorben empleo que antes estaba en el sector informal.

Lo notable del caso peruano es que esta reducción de la informalidad ocurrió a pesar de que los sobrecostos laborales no disminuyeron. Por el contrario, aumentaron. Las contribuciones a EsSalud se mantuvieron elevadas, el sistema de pensiones siguió siendo obligatorio y el salario mínimo creció por encima de la productividad de los trabajadores informales y aumentó el costo de despido. En teoría, estos factores deberían haber impulsado más informalidad. Pero la fuerza de la apertura comercial consolidada —sumada al crecimiento económico y a la modernización empresarial— fue suficiente para contrarrestar esos incentivos perversos.

¿Por qué disminuye la informalidad?
La explicación es sencilla: cuando la economía crece y las empresas formales se vuelven más productivas, pueden absorber los costos laborales sin perder competitividad. La informalidad deja de ser la única opción viable para millones de trabajadores. La formalización no ocurre por decreto, sino porque la estructura productiva cambia.
Esto no significa que el Perú haya resuelto su problema de informalidad. Los niveles siguen siendo altos, especialmente en regiones rurales y en sectores de baja productividad. Pero la tendencia de largo plazo muestra una reducción gradual desde mediados de los 2000, interrumpida solo por crisis coyunturales como la pandemia. La apertura comercial, lejos de ser un factor que perpetúa la informalidad, ha sido un motor de formalización cuando ha coincidido con crecimiento económico, inversión y mejoras en la productividad.
El caso peruano demuestra que la relación entre apertura comercial e informalidad no es lineal. En una primera etapa, la apertura puede aumentar la informalidad si las distorsiones internas son demasiado grandes. Pero en una segunda etapa, cuando la economía se moderniza y las empresas formales se fortalecen, la apertura puede reducirla incluso en presencia de costos laborales elevados. La clave está en la capacidad del país para transformar su estructura productiva y generar sectores formales competitivos.
En última instancia, la historia de la informalidad en el Perú es la historia de una economía que se abrió antes de estar lista, pero que con el tiempo encontró en esa misma apertura una vía para modernizarse. Es una lección valiosa para cualquier país que busque integrarse al mundo: la apertura comercial no es suficiente por sí sola, pero puede ser un catalizador poderoso cuando se combina con crecimiento, inversión y productividad.
¿Que nos dice la evidencia en el caso peruano?
Un análisis econométrico elaborado por el autor —a partir de datos anuales para el período 2007–2025 y tomando como referencia el artículo de Econométrica— permite evaluar con mayor precisión, y de forma cuantitativa, los determinantes de la informalidad (medida como porcentaje de la PEA). Los resultados no solo respaldan algunas hipótesis, sino que también cuestionan otras que han predominado en el debate público, y aportan elementos para orientar una política fiscal más efectiva en la reducción de la informalidad en el Perú.
El modelo estimado utiliza el método de momentos generalizados (GMM), una técnica robusta para corregir problemas de endogeneidad y autocorrelación de las variables explicativas, y examina cómo la informalidad responde a cuatro variables clave: (i) la tasa efectiva de aranceles, (ii) los términos de intercambio, (iii) la brecha entre la Remuneración Mínima Vital (RMV) y el ingreso promedio formal (productividad laboral), y (iv) una variable Dummy que captura el impacto excepcional de la pandemia en 2020. Además, incluye una constante que recoge los sobrecostos laborales estructurales del país, asumidos como relativamente estables durante el período.

Los resultados son estadísticamente significativos. La tasa efectiva de aranceles —medida como la recaudación arancelaria dividida entre el valor de las importaciones— tiene un coeficiente positivo y altamente significativo. En términos simples, cuando los aranceles suben, la informalidad también aumenta. El coeficiente estimado (1.20803) y su t‑estadístico (7.53) indican una relación fuerte y estadísticamente robusta. Esto confirma que la apertura comercial, lejos de destruir empleo formal como algunos sostienen, tiende a reducir la informalidad al abaratar insumos, aumentar la competitividad y favorecer la expansión de sectores formales. Cuando los aranceles suben, ocurre lo contrario: se encarecen los costos de producción, se reduce la competitividad y las empresas más pequeñas —que no pueden absorber esos costos— se refugian en la informalidad.
El segundo resultado relevante proviene de los términos de intercambio. El coeficiente negativo (‑1.05) indica que cuando los precios de exportación mejoran en relación con los de importación, la informalidad tiende a disminuir. Aunque el efecto es más moderado que el de los aranceles, su significancia estadística (t =-2.5954) confirma que los ciclos externos sí influyen en la estructura laboral del país. En épocas de bonanza exportadora, la economía formal se expande, se generan empleos de mayor productividad y la informalidad retrocede. En épocas de deterioro externo, ocurre lo contrario: la informalidad actúa como amortiguador, absorbiendo a quienes pierden empleos formales.
El tercer hallazgo es quizás el más revelador. La brecha entre la RMV y el ingreso promedio del sector formal —una medida que captura si el salario mínimo está por encima o por debajo de la productividad promedio— tiene un coeficiente negativo (-9.5176) y muy significativo (t‑estadístico de ‑20.87). Esto significa que cuando la RMV aumenta más que el ingreso promedio formal, la informalidad aumenta. La explicación está en la forma en que se construye la brecha. Cuando la brecha se reduce —es decir, cuando el salario promedio formal crece más rápido que la RMV— la informalidad cae. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido en varios periodos del análisis: el crecimiento económico y la expansión de sectores formales elevaron los ingresos promedio, reduciendo la brecha y permitiendo que más trabajadores se incorporaran a empleos formales. El coeficiente negativo implica que cuando la productividad formal crece más rápido que la RMV, la informalidad retrocede. Es un matiz fundamental que suele perderse en el debate público.
La variable Dummy para 2020 —año de la pandemia— muestra un efecto negativo significativo (‑6.539), lo que refleja la anomalía estadística de ese año: la informalidad cayó abruptamente no porque la economía se formalizara, sino porque millones de trabajadores informales quedaron temporalmente inactivos debido a las restricciones sanitarias. El modelo captura correctamente este comportamiento atípico.
Finalmente, la constante del modelo (83.65) es un recordatorio de que el Perú arrastra un nivel estructural de informalidad asociado a sobrecostos laborales, rigidez regulatoria, baja productividad y débil fiscalización. Estos factores no varían año a año, pero condicionan el nivel base de informalidad sobre el cual actúan las demás variables.
En conjunto, el modelo presenta un R‑cuadrado ajustado de 0.986, lo que indica que explica casi el 99% de la variación de la informalidad en el período analizado. Es un nivel de ajuste significativo para un fenómeno tan complejo y multifactorial y valida el modelo utilizado en el caso brasileño.
¿Qué implican estos resultados para el país?
En primer lugar, que la apertura comercial —medida a través de la reducción de aranceles— ha sido un factor clave para la reducción de la informalidad en los últimos años. En segundo lugar, que los ciclos externos importan: cuando los términos de intercambio mejoran, la formalidad avanza. En tercer lugar, que la relación entre salario mínimo e informalidad es más compleja de lo que se suele afirmar: no es el aumento del salario mínimo lo que reduce la informalidad, sino el crecimiento de la productividad formal. Y en cuarto lugar, que la pandemia introdujo una distorsión temporal que no debe confundirse con una mejora estructural. Como consecuencia, una política fiscal que realmente busque reducir la informalidad en el país debe seguir los lineamientos
La evidencia econométrica confirma algo que muchos estudios internacionales ya habían sugerido: la informalidad no se combate con más rigidez laboral, sino con más productividad, más competencia, más apertura y más crecimiento. El Perú ha avanzado en esa dirección, pero aún queda un largo camino por recorrer. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).