Linterna de Popa 566
Jorge F. Baca Campodónico
Noviembre 2026
Perú 2050: de la bonanza minera actual a la prosperidad permanente
Propuesta para un nuevo modelo de desarrollo para el Perú
Destaque
El Perú puede convertir su riqueza minera en prosperidad permanente si invierte en aumento de la productividad de los sectores pobres impulsando la forestación y ahorrando parte de la bonanza para proteger a las futuras generaciones.
Esta semana, Ayacucho acogió la segunda edición de AndesMin 2026, del 29 de octubre al 1 de noviembre. Promovida por la Mancomunidad Regional de Los Andes —Apurímac, Ayacucho, Cusco, Huancavelica, Ica y Junín—, y que reúne a autoridades, empresarios, especialistas y académicos para debatir cómo convertir la riqueza minera en desarrollo territorial permanente.
AndesMin ha sido escenario propicio para una pregunta central: ¿cómo transformar una riqueza minera que se agota en una riqueza territorial que perdure cuando las minas dejen de operar? Esta entrega amplía mi presentación en AndesMin2026 “Perú 2050: Nuevo modelo de desarrollo territorial, financiamiento sostenible y competitividad para las regiones mineras”.
La propuesta consiste en mantener y ampliar una minería moderna, competitiva y ambientalmente responsable, generadora de inversión, divisas y recursos fiscales. Una parte creciente de su renta debe impulsar la agricultura moderna, la forestación productiva, la infraestructura, el agua y la conectividad que permitan aumentar la productividad de los sectores más pobres que les permita salir de la trampa de la pobreza.
A la vez, la propuesta contempla la creación de un fondo soberano que permita convertir una fracción de las rentas extraordinarias de los recursos naturales en activos financieros para las generaciones futuras. Así se acumularían tres formas de patrimonio: capital físico y humano, capital natural productivo y capital financiero (ver Diagrama 1).

La minería no es el problema
Durante demasiado tiempo hemos colocado la discusión económica peruana en términos equivocados. Se presenta con frecuencia una falsa disyuntiva entre minería y agricultura, minería y medio ambiente, minería y comunidades, o actividades extractivas frente a actividades consideradas productivas. Sin embargo, el verdadero problema no es que el Perú tenga minería. Todo lo contrario. Poseer recursos minerales extraordinarios constituye una enorme ventaja económica.
El problema aparece cuando una actividad de elevadísima productividad, intensiva en capital, tecnología y conocimiento, funciona como una suerte de isla dentro de territorios donde una parte importante de la población continúa trabajando en actividades de productividad muy baja.
Esta dinámica puede representarse como un crecimiento en forma de la letra “K”: su brazo ascendente refleja una economía que crece a ritmo acelerado gracias a su alta productividad, mientras el otro brazo representa a quienes permanecen atrapados en la trampa de la pobreza, sin oportunidades para elevar el valor de su trabajo ni su productividad. Si no se conectan ambas realidades mediante una transformación productiva del territorio, la brecha entre ellas se amplía año tras año.
El reto consiste, por tanto, en transformar ese crecimiento en “K” en un crecimiento en “Y”: en el que ambos sectores eleven su productividad y confluyan en una trayectoria compartida de mayor crecimiento y desarrollo sustentable. No se trata de frenar al sector más dinámico, sino de permitir que el sector rezagado supere la trampa de la pobreza aumentado su productividad y contribuya también a la prosperidad del territorio.
Ese contraste explica una de las grandes paradojas peruanas. Podemos tener distritos o provincias asentados sobre yacimientos minerales de importancia mundial y, al mismo tiempo, comunidades relativamente cercanas donde predominan la agricultura de subsistencia, la informalidad, las deficiencias de infraestructura y las dificultades para incorporarse a los mercados modernos.
¿Cómo Crecer al 7% anual?
La respuesta no debería ser reducir la productividad de la actividad más eficiente con políticas redistributivas o con trabas que limiten su desarrollo. Debería ser exactamente la contraria: utilizar la extraordinaria productividad de la minería para elevar la productividad del resto del territorio. Ese cambio conceptual es fundamental.
Mi propuesta parte del supuesto de que el Perú puede aspirar nuevamente a tasas de crecimiento del orden del 7% anual en el mediano plazo que es equivalente a duplicar el PBI en 10 años. Pero esa debe entenderse como una aspiración de política económica y no como una proyección automática (ver Diagrama 2).

Volver a crecer sostenidamente a tasas elevadas requiere ensanchar la base productiva. La minería puede aportar una parte decisiva. La agroexportación ya demostró que existen sectores distintos de la minería capaces de incorporar tecnología, conquistar mercados externos y generar empleos. Pero todavía necesitamos actividades que penetren mucho más profundamente en el territorio y que eleven la productividad precisamente allí donde se concentra la población rural de menores ingresos. Es aquí donde aparece una posibilidad que durante décadas el Perú no ha sabido aprovechar en toda su dimensión: la forestación productiva.
El nuevo motor podría estar creciendo sobre la tierra
En enero de 2026 desarrollé esta idea en “Cómo salir de la trampa de la pobreza”, donde propuse considerar al sector forestal como un nuevo motor de crecimiento, empleo formal y descentralización productiva. El argumento era que millones de hectáreas degradadas podían convertirse en una base productiva moderna si forestación, inversión privada, infraestructura, industria y política pública se concebían como partes de una misma estrategia.
El Servicio Nacional Forestal y de Fauna Asilvestre (SERFOR) en julio de 2026 identifica 10.87 millones de hectáreas con potencial para plantaciones forestales comerciales, equivalentes al 8.5% del territorio peruano. Más importante todavía, SERFOR señala expresamente que las plantaciones representan una oportunidad para generar empleos directos e indirectos y contribuir a recuperar áreas degradadas.
La escala cambia por completo la discusión. Ya no estamos hablando solamente de reforestar unas cuantas laderas o de financiar pequeños programas ambientales. Estamos hablando de la posibilidad de crear una nueva actividad económica de dimensión nacional. Y una característica resulta especialmente importante para la estrategia del Perú 2050: alrededor de 4.4 millones de hectáreas del potencial identificado se encuentran en la sierra andina, aproximadamente el 41% del total. Otras 4.1 millones se localizan en la Amazonía y 2.3 millones en la costa. Eso convierte a la forestación en una cuestión directamente vinculada con el futuro de las regiones andinas.
La forestación productiva no debe ser entendida simplemente como una política ambiental. Una hectárea plantada no es solamente un conjunto de árboles. Alrededor de ella pueden aparecer viveros, preparación de tierras, servicios técnicos, mantenimiento, transporte, caminos, sistemas de riego, manejo forestal, cosecha, aserraderos, tableros, muebles, celulosa, biomateriales, construcción con madera, logística y comercialización. El verdadero potencial aparece precisamente en esa cadena (ver Diagrama 3).

Por eso la forestación puede poseer una característica que la minería difícilmente puede reproducir en la misma escala: su capacidad para distribuir actividad productiva directamente sobre el territorio y absorber trabajo en áreas rurales. La ventaja distributiva no surge del árbol por sí mismo. Surge cuando ese árbol se convierte en el inicio de una cadena formal de valor.
Esta idea resulta crucial para combatir la pobreza. La pobreza difícilmente puede superarse de manera permanente mediante transferencias de ingresos. Estas pueden ser indispensables para proteger a las familias en determinadas circunstancias, pero no sustituyen la creación de productividad. Una familia abandona estructuralmente la pobreza cuando aumenta de manera sostenida el valor económico de su trabajo. Por ello, la política social más poderosa en el largo plazo es, finalmente, una política de elevación de la productividad.
La lección forestal que ofrece Chile
El contraste internacional ayuda a apreciar la oportunidad. En una entrega anterior analicé la experiencia chilena, donde una política pública sostenida contribuyó a desarrollar plantaciones comerciales y, alrededor de ellas, una industria integrada de celulosa, tableros, madera y otros productos. El artículo señalaba que Chile había logrado acercarse a tres millones de hectáreas de plantaciones y construir sobre esa base una importante industria exportadora.
La comparación resulta particularmente incómoda para el Perú porque nuestro problema no parece ser la ausencia del recurso territorial. Información citada por SERFOR en octubre de este año situaba las plantaciones forestales peruanas en apenas unas 120,000 hectáreas, frente a 3.7 millones de hectáreas en Chile, mientras las exportaciones forestales peruanas se encontraban muy por debajo de las chilenas. Al mismo tiempo, el Perú registra un déficit de más de US$1,000 millones en el comercio de madera.
No deberíamos leer esas cifras simplemente como evidencia de retraso. Deberíamos verlas también como la medida de una oportunidad. Donde otros países han llegado a una etapa relativamente madura de aprovechamiento forestal, nosotros apenas estamos comenzando. El Perú dispone de una enorme extensión territorial potencialmente aprovechable y, simultáneamente, de una población rural que necesita empleos de mayor productividad. Lo que hoy aparece como una brecha puede convertirse en espacio para crecer.
Pero sería un error pensar que basta con plantar árboles. Una política forestal seria necesita seguridad jurídica sobre la tierra, disponibilidad de financiamiento de largo plazo, viveros tecnificados, investigación genética, infraestructura de transporte, acceso al agua, sistemas transparentes de concesión y propiedad, trazabilidad de la madera y, sobre todo, una industria situada al final de la cadena. Sin demanda industrial, la plantación pierde atractivo económico. Sin plantaciones suficientes, la industria carece de escala. Ambas deben avanzar coordinadamente. Se trata, por tanto, de crear clústeres forestales, no simplemente bosques.
Pensar en territorios y no en fronteras regionales
Aquí entra en juego otro componente central de la propuesta presentada en AndesMin 2026. Apurímac, Ayacucho, Cusco, Huancavelica, Ica y Junín no deberían concebir su desarrollo como seis estrategias independientes. Precisamente esa es una de las ventajas potenciales de la Mancomunidad Regional de Los Andes.
Ninguna región dispone necesariamente, por sí sola, de todos los componentes necesarios para construir cadenas productivas competitivas. Algunas poseen recursos minerales excepcionales. Otras tienen mayor potencial agrícola o forestal. Algunas cuentan con conexiones hacia los mercados de exportación. Otras pueden aportar energía, agua, ciudades intermedias o centros universitarios. Aquí la estructuración de macrorregiones con integración transversal (Costa, Sierra y Selva) juega un rol fundamental.
Una estrategia suprarregional permitiría concebir corredores productivos que vinculen minería, agricultura moderna, forestación, infraestructura, energía, logística y ciudades intermedias. Esa es una visión muy distinta de la descentralización tradicional, excesivamente concentrada en repartir recursos fiscales entre niveles de gobierno. Descentralizar no debería significar solamente decidir quién gasta. Debería significar decidir cómo cada territorio produce.
Esta diferencia es fundamental. Podemos transferir durante décadas crecientes cantidades de recursos a gobiernos subnacionales y continuar obteniendo resultados decepcionantes si esas transferencias no alteran la estructura productiva regional. En cambio, una carretera o una ferrovía que hace viable un clúster agroindustrial, infraestructura hídrica que aumenta la productividad agrícola o una red logística que conecta plantaciones forestales con centros de procesamiento pueden modificar permanentemente la capacidad de generación de ingresos de una región. La unidad de evaluación del gasto público debería ser, por ello, cada vez menos el proyecto aislado y cada vez más su contribución a un sistema productivo territorial.
Del canon de cada año al patrimonio de varias generaciones
Sin embargo, queda pendiente la pregunta probablemente más difícil: ¿qué hacemos con la renta minera? Durante décadas hemos tratado el canon (50% del impuesto a la renta minera) fundamentalmente como un flujo fiscal. Se recauda, se distribuye y se intenta gastar. Cuando los precios de los minerales aumentan, existen más recursos. Cuando disminuyen, las disponibilidades fiscales se reducen. Pero detrás de esa mecánica presupuestaria se esconde un problema económico más profundo.
El mineral extraído hoy no vuelve a crecer.
Cada tonelada que sale del subsuelo reduce un activo natural del país. Económicamente, estamos convirtiendo una parte de nuestro patrimonio mineral en ingresos monetarios. Si todo ese ingreso se consume durante la generación que realizó la extracción, entonces una riqueza que pertenecía potencialmente a varias generaciones termina siendo utilizada fundamentalmente por una sola. Por ello, debemos cambiar la manera de pensar el canon.
No estoy proponiendo que las regiones dejen de utilizarlo. El Perú todavía tiene enormes necesidades de infraestructura, agua, saneamiento, educación y conectividad. Una proporción importante de esos recursos debe continuar financiando esas necesidades. Pero tampoco resulta razonable que la totalidad de una renta extraordinaria asociada a un recurso agotable sea tratada como si se tratase de un ingreso ordinario permanente.
La propuesta consiste en estudiar la creación de un Fondo Soberano de Riqueza Minera al que pueda destinarse una fracción de los ingresos extraordinarios provenientes del canon y de las rentas asociadas a la explotación de recursos naturales. Es una propuesta conceptual que requeriría naturalmente un diseño institucional, fiscal y financiero detallado (ver Diagrama 4).

La distinción entre ingresos normales e ingresos extraordinarios es indispensable. No se trataría de quitar a las regiones recursos necesarios para cerrar sus brechas actuales. Se trataría de evitar que los periodos excepcionales de precios internacionales excepcionalmente favorables conduzcan simplemente a expansiones igualmente excepcionales del gasto. Parte de esa bonanza podría transformarse en una cartera diversificada de activos financieros de largo plazo.
El principio sería sencillo: convertir riqueza debajo de la tierra en riqueza sobre la tierra y en patrimonio financiero. Así, cuando una mina llegue finalmente al término de su vida productiva, la región debería conservar algo más que el recuerdo de una época de bonanza. Debería contar con mejores carreteras, sistemas de agua, universidades y capital humano. Debería poseer nuevas actividades productivas que no dependan de la extracción mineral. Y debería conservar además un patrimonio financiero cuyos rendimientos continúen contribuyendo al bienestar de sus habitantes.
Tres capitales para el Perú del 2050
La estrategia puede verse entonces como un proceso de transformación entre distintas formas de riqueza.
La minería proporciona el capital inicial. Una parte se transforma en capital físico y humano: infraestructura, agua, educación, conectividad y capacidades. Otra parte contribuye a crear capital natural productivo, mediante agricultura moderna, forestación y recuperación productiva de tierras degradadas. Y una tercera parte puede convertirse gradualmente en capital financiero, mediante ahorro intergeneracional. No se trata de escoger uno frente a otro.
Esta quizás sea la diferencia más importante entre la propuesta y las discusiones tradicionales sobre el canon. El debate suele plantearse entre gastar y ahorrar. La pregunta correcta debería ser cómo transformar una forma de capital en otras formas de capital capaces de producir bienestar futuro.
El desarrollo territorial sostenible exige las tres. Si solamente construimos infraestructura, podemos terminar acumulando obras de reducido impacto económico. Si solamente ahorramos, podemos perpetuar brechas que deberían resolverse hoy. Si solamente promovemos nuevas actividades productivas sin infraestructura ni capital humano, esas actividades posiblemente nunca alcancen suficiente competitividad.
El desafío consiste en encontrar una combinación capaz de hacer crecer simultáneamente esos patrimonios. Y aquí vuelve a aparecer la importancia del horizonte 2050. Las decisiones que estamos tomando hoy sobre minería, recursos fiscales, infraestructura y uso del agua y la tierra determinarán la estructura productiva que heredarán los peruanos dentro de dos décadas.
De enclaves mineros a territorios productivos
Lo que finalmente estamos proponiendo es cambiar la relación entre minería y territorio. El viejo modelo puede representarse como una secuencia relativamente sencilla: se descubre un yacimiento, llega una gran inversión, comienza la producción, aumentan las exportaciones, se pagan impuestos y canon, y las autoridades intentan traducir esos recursos en obras públicas.
El modelo del Perú 2050 debería incorporar un paso adicional y decisivo: que la presencia de la mina se convierta deliberadamente en el punto de partida de la diversificación productiva regional. Los recursos mineros deberían financiar la infraestructura económica que haga rentables otras actividades. La energía disponible debería facilitar la aparición de nuevas industrias. La infraestructura hídrica debería contribuir simultáneamente a las necesidades urbanas, agrícolas y productivas. Las universidades regionales deberían integrarse a los clústeres mediante formación técnica, investigación e innovación. Las compras de las grandes empresas deberían ayudar a desarrollar proveedores locales capaces de competir posteriormente en otros mercados. De esta manera, el éxito de una región minera dejaría de medirse exclusivamente por cuánto mineral produce o cuánto canon recibe.
Comenzaría a medirse por cuántas nuevas actividades productivas dejó creadas la minería a su alrededor. Esa es la diferencia entre explotar un recurso y transformar un territorio. Cuando finalmente se cierre la mina, la pregunta verdaderamente importante será: ¿qué quedó?
Si la respuesta es solamente edificios públicos, carreteras y algunos años de mayores presupuestos, habremos desperdiciado una oportunidad histórica. Si quedan ciudades más productivas, trabajadores más capacitados, agricultura moderna, millones de árboles convertidos en una industria forestal sostenible, infraestructura competitiva, empresas regionales y un fondo financiero generando ingresos, entonces habremos logrado convertir un recurso agotable en riqueza permanente.
El verdadero objetivo del Perú 2050
AndesMin se presenta precisamente como un espacio de articulación entre minería, Estado, empresa privada y academia orientado al desarrollo sostenible de las regiones andinas. Esa articulación ofrece una oportunidad para llevar la conversación más allá de la discusión tradicional acerca de nuevos proyectos mineros y empezar a preguntarnos qué territorio queremos construir alrededor de ellos.
Ayacucho, Apurímac, Cusco, Huancavelica, Junín e Ica pueden convertirse en el laboratorio de este nuevo enfoque. No porque todas deban especializarse en las mismas actividades. Al contrario. La fortaleza de una mancomunidad está precisamente en aprovechar la diversidad de sus territorios y conectarlos. La minería de una región puede contribuir al financiamiento de infraestructura que articule mercados; la producción forestal de otra puede alimentar una industria regional y aumentar la productividad de los sectores más pobres; las ventajas agrícolas de otra pueden integrarse con modernas redes logísticas; las ciudades intermedias pueden proporcionar servicios, educación y tecnología.
El desarrollo deja entonces de ser una colección de proyectos y comienza a convertirse en una estrategia territorial. La gran pregunta para el Perú de las próximas décadas no debería ser si queremos minería o si queremos otras actividades. Necesitamos ambas.
La cuestión consiste en construir un mecanismo mediante el cual la extraordinaria productividad de nuestros recursos minerales ayude a crear los sectores productivos que sostendrán el crecimiento cuando esos recursos ya no estén. Esa es la verdadera dimensión intergeneracional del problema.
La riqueza mineral que hoy pertenece al Perú es una ventaja extraordinaria, pero temporal. Las capacidades de las personas, la infraestructura productiva, una agricultura moderna, una industria forestal sostenible y un patrimonio financiero pueden, en cambio, renovarse y acumularse a través del tiempo.
El desafío consiste en realizar esa transformación antes de que desaparezca la oportunidad. Y tenemos por delante una meta aún más importante que cualquier cifra de crecimiento: que hacia el 2050 el lugar donde nace un peruano deje de determinar sus posibilidades económicas. Que una persona nacida en Apurímac, Ayacucho, Cusco, Huancavelica o Junín pueda acceder a empleo productivo, formal y bien remunerado sin tener que abandonar necesariamente su territorio para encontrar oportunidades en Lima.
En última instancia, esa sería la verdadera prueba de que la descentralización funcionó. No cuánto canon transferimos, sino cuánto aumentó la productividad. No cuántos proyectos financiamos, sino cuántas economías regionales competitivas construimos. No cuánto mineral extrajimos, sino cuánta riqueza permanente dejamos después de extraerlo.
El Perú dispone todavía de esa oportunidad. Tiene minerales, territorio, agua, tierras con potencial productivo, una posición privilegiada frente a los mercados del Pacífico y millones de peruanos que necesitan incorporarse a actividades de mayor productividad. Lo que falta es integrar esos activos dentro de una estrategia común.
El objetivo del Perú 2050 no debería ser, por tanto, simplemente extraer más riqueza. Debería ser transformar la riqueza que tenemos hoy en la productividad que necesitaremos mañana.
Y si hubiera que condensar todo el proyecto en una sola frase, sería aquella con la que concluye la presentación de Ayacucho: “Minería para financiar el presente, forestación para transformar el territorio y un fondo soberano para proteger el futuro.” Ese puede ser el camino para convertir la riqueza mineral, que inevitablemente se agota, en una riqueza territorial que permanezca. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).