Linterna de Popa 525
Jorge F. Baca Campodónico
Enero 2026
Los Quipus y las Criptomonedas
¿Conocían los Incas la tecnología Blockchain?
Destaque
Por siglos, los quipus fueron vistos como un misterio. Hoy, sabemos que fueron mucho más que cuerdas con nudos: fueron la tecnología que permitió gobernar un imperio sin moneda, sin escritura alfabética y sin mercados en el sentido occidental. Esta es la historia de cómo un sistema de información tejido a mano sostuvo la economía, la política y la vida cotidiana del Tawantinsuyo.
Este año marca el undécimo aniversario de esta columna, que se inicia con un torbellino de noticias: la captura del presidente de Venezuela, el desmembramiento de Petroperú, la recuperación económica, RIN a niveles nunca antes registrados y una inflación bajo control. Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. Habrá que observar con cautela cómo evolucionan estos anuncios.
En el campo económico, pese al renovado optimismo de muchos economistas, la pobreza y la informalidad siguen extendiéndose en un país asediado por la violencia y la extorsión, donde las actividades ilegales avanzan peligrosamente sobre las formales. El gran desafío para los peruanos será elegir con criterio a sus próximos gobernantes, y para ello conocer a fondo sus planes de gobierno será decisivo.
En este punto conviene mirar hacia nuestro pasado y recuperar lecciones que el Imperio Inca dejó y que hemos relegado. En esta entrega exploramos una de ellas: la sorprendente relación entre los quipus y la tecnología del blockchain.
¿Qué es el Blockchain?
La tecnología blockchain, o cadena de bloques, es un sistema digital de registro distribuido que almacena información en bloques enlazados de manera cronológica, segura e inmutable. Puede imaginarse como un libro de contabilidad que no está guardado en un solo lugar, sino replicado simultáneamente en miles de computadoras, donde cada nuevo bloque contiene datos verificados por la red y queda permanentemente conectado al anterior. Esta estructura descentralizada elimina la necesidad de moneda física para validar transacciones y garantiza que todos los participantes compartan una versión idéntica y confiable del historial registrado y es la base tecnológica de las criptomonedas.
El Quipu y el Blockchain
Imagine un territorio que se extiende desde las punas heladas del actual Ecuador hasta los valles fértiles del norte argentino. Imagine montañas que se elevan como murallas, desiertos que parecen no tener fin, selvas donde la humedad se adhiere a la piel como un segundo cuerpo. Imagine, además, que en ese territorio viven millones de personas que hablan lenguas distintas, cultivan productos diferentes y mantienen tradiciones propias. Y ahora imagine que todo ese mundo funciona como un solo cuerpo político, articulado, eficiente, capaz de movilizar ejércitos, construir caminos, alimentar poblaciones enteras y responder a sequías, heladas o guerras con una coordinación que sorprende incluso a los historiadores modernos.
¿Cómo se gobernaba un territorio así sin escritura alfabética? ¿Cómo se registraban los tributos, los censos, los inventarios, las obligaciones laborales? ¿Cómo se sabía cuánta quinua había en un tambo de Huamachuco o cuántos guerreros podía aportar un ayllu de Cochabamba? La respuesta está en un objeto que, a primera vista, parece humilde: el quipu.
Durante mucho tiempo, los quipus fueron vistos como un enigma arqueológico. Hoy, gracias a décadas de investigación, sabemos que fueron una tecnología de información tan sofisticada como eficiente. No eran simples cuerdas con nudos: eran bases de datos portátiles, sistemas contables, registros censales, inventarios logísticos y, en cierto sentido, contratos inteligentes codificados en fibra. En un mundo sin papel, sin tinta y sin moneda, los quipus eran la infraestructura invisible que hacía posible la vida económica del imperio.
El ayllu: la primera página del libro contable
Para entender los quipus, primero hay que entender el ayllu. El ayllu no era solo una comunidad; era una unidad económica, social, territorial y espiritual. Era, en cierto modo, la “empresa” básica del Tawantinsuyo, aunque esa palabra resulte insuficiente. Allí se organizaba la producción agrícola, se distribuían las tierras, se asignaban las tareas y se transmitían los conocimientos.
Pero el ayllu también era una unidad contable. Cada familia tenía obligaciones específicas: cultivar tierras del Inca, trabajar en obras públicas, tejer textiles para el Estado, criar llamas, participar en campañas militares. Y todas esas obligaciones debían registrarse de alguna manera.
Ahí entraban los quipucamayoc, los especialistas encargados de elaborar y leer los quipus. Su formación era larga y rigurosa. No cualquiera podía interpretar la compleja combinación de colores, posiciones, tipos de nudos y jerarquías de cuerdas. Los quipucamayoc eran, en el sentido más literal, los contadores del imperio.
En sus manos, el quipu se convertía en un registro vivo: cuántos hombres tenía un ayllu, cuántas mujeres, cuántos niños, cuántos ancianos, cuántos guerreros disponibles, cuántas tejedoras, cuántos agricultores, cuántos pastores. Cada categoría tenía su color, su posición, su tipo de nudo. La información no solo se almacenaba: se actualizaba. El quipu era, así, un censo dinámico, un instrumento que permitía al Estado saber, en cualquier momento, cuánta fuerza laboral podía movilizar y cuánta producción podía esperar de cada región.
El Qhapaq Ñan: la red por donde circulaba la información de los Quipus
Pero el Tawantinsuyo no era solo un conjunto de ayllus. Era también una red de caminos: el Qhapaq Ñan, una de las obras de ingeniería más impresionantes de la historia. Más de 30 mil kilómetros de rutas que conectaban montañas, valles, desiertos y selvas (ver Gráfico 1). Por esos caminos circulaban ejércitos, caravanas de llamas, funcionarios, mensajeros y, por supuesto, información.

A lo largo de esa red se distribuían los tambos, depósitos estatales donde se almacenaban alimentos, textiles, herramientas, armas y otros bienes esenciales. Los tambos eran, en cierto modo, los “hubs logísticos” del imperio. Se estima que habían más de 3,000 tambos distribuidos a lo largo del Qhapaq Ñan. Sin ellos, no habría sido posible sostener campañas militares, alimentar a los chasquis o responder a emergencias climáticas. Y cada tambo tenía su propio conjunto de quipus.
Allí se registraba todo: cuánta quinua entraba, cuánta salía, cuántas mantas se almacenaban, cuántas herramientas se entregaban, cuántas armas se distribuían. Los quipus permitían saber, con precisión, qué había en cada depósito y qué faltaba. Esa información luego se consolidaba en centros administrativos regionales y finalmente en el Cusco.
El resultado era un sistema de inventarios descentralizado pero estandarizado, capaz de funcionar en un territorio inmenso y diverso. Cada tambo era un nodo; cada quipu, un registro; cada quipucamayoc, un auditor. La riqueza almacenada en cada Tambo se desmaterializaba en la información de los quipus. El valor de cada quipu estaba respaldado por la riqueza de cada Tambo.
La economía sin moneda: trabajo como valor, quipu como registro
Una de las características más fascinantes del Tawantinsuyo es que funcionaba sin moneda. No había billetes, no había monedas metálicas, no había mercados en el sentido europeo. La unidad de valor era el trabajo. Y el Estado actuaba como un gran redistribuidor.
Los ayllus entregaban productos y mano de obra; el Estado devolvía alimentos en tiempos de escasez, textiles para ceremonias, herramientas para la agricultura, protección militar. Era un sistema basado en la reciprocidad, pero también en la planificación. Y para que ese sistema funcionara, era indispensable un mecanismo que permitiera registrar obligaciones, aportes y derechos. Ese mecanismo era el quipu (ver Gráfico 2).

Cuando un ayllu entregaba quinua, el quipu lo registraba. Cuando enviaba hombres para la mita, el quipu lo registraba. Cuando el Estado redistribuía alimentos o textiles, el quipu también lo registraba. En ese sentido, los quipus cumplían una función equivalente a la de la moneda moderna: no representaban valor, pero permitían medirlo, verificarlo y transferirlo. El valor no circulaba como objeto físico; circulaba como información.
Tambos, guerra y logística: el quipu como herramienta estratégica
El Tawantinsuyo no solo era un imperio agrícola; era también un imperio militar. Sus ejércitos podían movilizar decenas de miles de hombres en cuestión de semanas. Pero esa capacidad dependía de algo más que disciplina: dependía de logística.
Para movilizar un ejército, había que saber cuántos guerreros podía aportar cada ayllu, cuántas armas había disponibles, cuanta ropa, cuantas ojotas, cuántos alimentos se necesitaban, cuántos tambos estaban abastecidos. Y toda esa información estaba en los quipus.
Los quipus permitían planificar campañas militares con una precisión que sorprende incluso a los especialistas modernos. No era necesario improvisar: el Estado sabía exactamente qué recursos tenía y dónde estaban. En tiempos de guerra, los quipus eran tan importantes como las armas.
El quipu como tecnología: más allá del mito
Durante mucho tiempo, los quipus fueron vistos como un misterio. Algunos los consideraban simples ayudas mnemotécnicas; otros, un sistema de escritura perdido. Hoy sabemos que eran algo distinto: una verdadera tecnología de información. En cada conjunto de cuerdas se integraban múltiples capas de codificación: los nudos permitían registrar valores numéricos, los colores distinguían categorías, y la posición de cada cuerda dentro de la estructura establecía jerarquías y relaciones entre los datos. Todo ello funcionaba gracias a un conjunto de reglas estandarizadas que se aplicaban en todo el imperio, lo que garantizaba que un quipu elaborado en la sierra central pudiera ser interpretado sin dificultad por un funcionario en la costa o en el altiplano. Su diseño compacto los hacía portátiles, y la rigurosa formación de los quipucamayoc aseguraba la integridad de la información, actuando como un sistema de auditoría humana altamente especializado.
En cierto sentido, los quipus pueden entenderse como una forma temprana de computación analógica. No procesaban información de manera automática, pero sí permitían almacenarla, organizarla y transmitirla con una eficiencia sorprendente. Lo más notable es que este sistema funcionaba en un territorio inmenso, culturalmente diverso y sin escritura alfabética, demostrando que la sofisticación tecnológica no siempre depende de materiales modernos, sino de la capacidad humana para crear estructuras de información adaptadas a su tiempo y a sus necesidades.
Una analogía moderna: quipus y blockchain
Aunque separados por siglos y tecnologías radicalmente distintas, existe una analogía sorprendentemente clara entre los quipus y los sistemas modernos de contabilidad distribuida, como el blockchain. Ambos registran transacciones en múltiples nodos, dependen de estándares estrictos para garantizar la confiabilidad y permiten coordinar actividades económicas sin necesidad de un medio físico de intercambio. En esencia, funcionan como sistemas de confianza basados en la verificabilidad.
La diferencia radica en el fundamento de esa confianza: en el blockchain, la validación descansa en algoritmos y protocolos criptográficos; en el Tawantinsuyo, en la autoridad estatal y en la rigurosa formación de los quipucamayoc. Pero en ambos casos, la información es el núcleo del sistema. Los quipus no eran criptografía en el sentido moderno, pero sí constituían una forma de criptología social: un mecanismo en el que los datos estaban codificados, protegidos y distribuidos para sostener el funcionamiento de un orden económico y político complejo.
El legado: lo que los quipus nos enseñan hoy
En un mundo obsesionado con la tecnología digital, los quipus nos recuerdan que la innovación no siempre depende de circuitos o algoritmos. A veces, un sistema de cuerdas y nudos basta para sostener uno de los imperios más extensos y eficientes de la historia. Su legado es claro: la información puede ser más importante que el dinero; la organización social, tan poderosa como cualquier avance tecnológico; la reciprocidad, un principio económico tan válido como el mercado; y la planificación, perfectamente compatible con la diversidad cultural. Incluso demuestran que la eficiencia no requiere necesariamente de escritura alfabética. El Tawantinsuyo no fue un imperio perfecto, pero comprendió algo esencial que resuena hasta hoy: que la información es, en última instancia, el verdadero motor de las economías humanas.
Conclusión: el hilo que sigue vivo
Hoy, los quipus descansan en museos y colecciones privadas. Pero su legado sigue vivo. No solo en la memoria de los pueblos andinos, sino también en la manera en que pensamos la información, la economía y la tecnología.
En el Tawantinsuyo, los quipus hicieron posible algo que hoy parecería impensable: un sistema de impuestos eficiente sin necesidad de moneda. Gracias a estos registros, el Estado sabía con precisión qué aportaba cada ayllu en trabajo, productos o servicios, y podía equilibrar esas obligaciones con devoluciones concretas en alimentos, herramientas o protección. El tributo no era un pago abstracto, sino parte de un ciclo de reciprocidad que aseguraba que nadie quedara fuera del sistema ni cayera en la pobreza. Los quipus permitían que todos contribuyeran y, al mismo tiempo, que todos recibieran, sosteniendo un modelo fiscal que combinaba control administrativo con cohesión social.
En un mundo que busca nuevas formas de registrar y validar transacciones, los quipus nos ofrecen una lección inesperada: que la tecnología no es solo lo que se fabrica con metal y silicio, sino también lo que se teje con fibra y comunidad. El quipu fue, en esencia, un puente entre mundos: entre la naturaleza y la sociedad, entre el trabajo y la reciprocidad, entre el pasado y el futuro. Y quizás, al mirarlo con nuevos ojos, podamos descubrir que ese puente sigue siendo necesario. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).