Linterna de Popa 524
Jorge Baca Campodónico
Diciembre de 2025
El Desarrollo económico no solo es crecimiento del PBI
Entendiendo qué es la trampa de la pobreza
Destaque
En el Perú, la pobreza persiste porque millones de personas quedan atrapadas en un ciclo de baja productividad y falta de oportunidades. Superar esta trampa requiere ir más allá del crecimiento del PBI y programas asistenciales. Lo que se necesita es apostar por la capitalización de los hogares pobres, integrándolos en actividades productivas sostenibles como la reforestación, para que puedan ser protagonistas de su propio desarrollo.
En el Perú, hablar de pobreza suele reducirse a cifras, porcentajes y comparaciones anuales que alimentan titulares optimistas o alarmistas según el ciclo económico. Sin embargo, detrás de esos números existe una realidad mucho más compleja, persistente y estructural: la trampa de la pobreza. Este fenómeno, que afecta a cerca del 30% de la población peruana, no es simplemente la falta de ingresos, sino un círculo vicioso que impide a millones de personas aumentar su productividad, generar ahorro, invertir y mejorar su calidad de vida. Comprender esta trampa exige mirar más allá de los indicadores tradicionales, cuestionar las políticas asistencialistas y explorar alternativas que permitan capitalizar a los hogares pobres para que puedan iniciar un verdadero proceso de desarrollo sostenible.
Uno de los errores más frecuentes en el debate público es asumir que el crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) refleja automáticamente una mejora en el bienestar de toda la población. Durante las últimas dos décadas, el Perú ha sido presentado como un ejemplo de éxito macroeconómico en América Latina, con tasas de crecimiento que superaron el promedio regional y que, en algunos años, alcanzaron niveles comparables con economías emergentes de Asia.
Crecimiento del PBI
La expansión de 3.6 % del PBI real en octubre—impulsada principalmente por el dinamismo de la minería y la pesca, así como por el buen desempeño de la construcción y el comercio— sugiere una aparente recuperación de la economía peruana favorecida por los precios históricamente altos de los minerales y el crecimiento sostenido de la agroexportación, factores que han contribuido a contener el déficit fiscal en el corto plazo (ver Gráfico 1).

Este repunte luce más coyuntural que estructural: el PBI potencial permanece estancado alrededor de 2.4%, reflejo de la persistente debilidad de la inversión privada y pública, lo que limita la capacidad del país para sostener un ciclo de expansión más allá del impulso externo. En este contexto, y considerando que 2026 será un año electoral y de volatilidad en el mercado mundial, las probabilidades de continuidad de esta recuperación se reducen, pues la incertidumbre política suele frenar decisiones de inversión y profundizar la brecha entre crecimiento efectivo y crecimiento potencial.

Sin embargo, como en años anteriores, el crecimiento del PBI no se ha traducido de manera proporcional en un aumento del ingreso per cápita de los más pobres y como consecuencia en una reducción sostenida de la pobreza, especialmente después de la Pandemia (ver Gráfico 2). La razón es simple: el PBI mide el tamaño de la economía en forma agregada, no cómo se distribuye la riqueza ni cómo evoluciona la productividad de los distintos grupos sociales.
El crecimiento del PBI y la productividad de los mas pobres
El crecimiento del PBI está impulsado por sectores altamente productivos, intensivos en capital y concentrados en pocas manos, como la minería, la agroexportación o los servicios financieros, sin que ello implique mejoras en la productividad de los trabajadores pobres. En otras palabras, un país puede crecer rápidamente mientras la mayoría de su población permanece atrapada en actividades de baja productividad, sin acceso a capital, sin capacidad de ahorro y sin posibilidades reales de movilidad económica. Por eso, la tasa de crecimiento del PBI es un indicador insuficiente —y a veces engañoso— para evaluar el desarrollo per cápita de los diferentes estratos de la población. Lo que realmente importa es cómo evoluciona la productividad de las personas y su capacidad para generar ingresos sostenibles.
Productividad del sector formal y del sector informal
En este punto, es fundamental diferenciar la productividad de los pobres y la de los no pobres. En el Perú, esta brecha es abismal. Los trabajadores de mayores ingresos suelen estar insertos en sectores formales, con acceso a tecnología, capacitación, financiamiento y mercados dinámicos. Su productividad es alta porque cuentan con capital físico y humano que potencia su trabajo. En cambio, los pobres se concentran en actividades informales, rurales o de subsistencia, donde la productividad es extremadamente baja. No es que trabajen menos; de hecho, muchos trabajan más horas que los trabajadores formales. Lo que ocurre es que su esfuerzo no se traduce en valor económico significativo porque carecen de los medios para hacerlo.
Esta diferencia en productividad tiene un efecto directo en la capacidad de ahorro. Los hogares de mayores ingresos pueden destinar una parte de sus recursos a inversiones que aumentan su productividad futura: educación, maquinaria, tecnología, mejoras en sus negocios o incluso instrumentos financieros. Los hogares pobres, en cambio, apenas logran cubrir sus necesidades básicas. Su ingreso es tan bajo y tan inestable que no pueden ahorrar, y sin ahorro no pueden invertir. Los programas asistenciales del gobierno mitigan la pobreza pero no solucionan el problema de generación de ahorro. Sin inversión, su productividad no mejora. Y sin mejoras en productividad, sus ingresos permanecen estancados. Así se configura la trampa de la pobreza: un círculo vicioso donde la falta de capital impide generar más capital.

En el Gráfico 3, utilizando datos de las cuentas nacionales del INEI, se presenta la evolución de la productividad laboral (soles corrientes producidos por cada trabajador equivalente, para ajustar por la diferencia de horas trabajadas) para el periodo 2007 – 2024. Observamos (línea azul) que la productividad del todos los trabajadores ha crecido en este periodo 186%, pero la brecha de productividad entre los trabajadores formales (en color naranja) e informales (color gris) ha crecido de 60,200 soles en el 2007 a 140,000 soles en el 2024, un crecimiento de más de 130%, es decir, a pesar de que en promedio los trabajadores aumentan su productividad, este crecimiento se ha concentrado en los trabajadores formales mientras que la productividad de los trabajadores se ha estancado en niveles muy bajos.
Razones de la brecha de productividad entre el sector formal e informal
¿Por qué los pobres en el Perú tienen una productividad tan baja? La respuesta es multifactorial. En primer lugar, existe una profunda desigualdad en el acceso a servicios esenciales como educación, salud, infraestructura y financiamiento. Un niño que crece en una zona rural de la sierra o la selva tiene menos probabilidades de recibir una educación de calidad, de acceder a servicios de salud oportunos o de contar con vías de transporte que conecten su comunidad con los mercados. Esa desventaja inicial se traduce en menores oportunidades laborales y en una inserción casi inevitable en actividades de baja productividad.
En segundo lugar, la estructura económica peruana está segmentada. Los sectores modernos, formales y altamente productivos conviven con un vasto sector informal donde predominan microempresas sin acceso a tecnología, crédito o capacitación. Esta dualidad no solo limita la movilidad social, sino que perpetúa la desigualdad en productividad. Mientras los trabajadores formales pueden beneficiarse de economías de escala, innovación y mercados globales, los trabajadores informales dependen de actividades atomizadas, de baja rentabilidad y son más vulnerables a shocks externos.
En tercer lugar, la falta de capital físico es determinante. Un agricultor pobre que no tiene acceso a riego tecnificado, semillas mejoradas, maquinaria acceso a mercados o asistencia técnica no puede competir con productores más capitalizados. Su productividad será baja no por falta de esfuerzo, sino por falta de herramientas. Lo mismo ocurre con pequeños comerciantes, artesanos o trabajadores independientes que operan sin capital inicial, sin financiamiento y sin redes de apoyo.
La consecuencia directa de esta baja productividad es la incapacidad de ahorro de los pobres. Los hogares pobres viven al día. Sus ingresos son tan reducidos que cualquier shock —una enfermedad, una mala cosecha, una caída en la demanda— puede empujarlos aún más hacia la vulnerabilidad. Sin ahorro, no pueden capitalizarse. Y sin capitalización, no pueden iniciar el círculo virtuoso que caracteriza al desarrollo económico: mayor productividad, mayor ingreso, mayor ahorro, mayor inversión y nuevamente mayor productividad. Este círculo virtuoso es el motor del crecimiento sostenido en los países desarrollados, pero en el Perú solo funciona para una parte de la población.
La baja productividad también explica la persistencia de la informalidad laboral, que afecta a más del 70% de la fuerza laboral peruana. La informalidad no es una elección cultural ni una preferencia por evitar regulaciones; es una consecuencia directa de la estructura productiva. Cuando la productividad es baja, las empresas no pueden pagar salarios formales ni cumplir con los costos laborales. Los trabajadores, por su parte, no pueden acceder a empleos formales porque carecen de las habilidades, el capital o la ubicación geográfica necesaria. Así, la informalidad se convierte en un refugio económico, pero también en una trampa que perpetúa la pobreza. Sin acceso a seguridad social, financiamiento, capacitación o estabilidad laboral, los trabajadores informales no pueden mejorar su productividad ni su ingreso.
¿Qué hace el gobierno para reducir estas brechas?
Frente a esta realidad, para mitigar la pobreza el gobierno viene ejecutando programas de transferencias monetarias. Las políticas asistencialistas, además de impactar significativamente en el gasto corriente público, han tenido un impacto limitado en la reducción de la pobreza. Programas como Juntos o Pensión 65 han sido fundamentales para reducir la pobreza extrema y garantizar un mínimo de consumo en los hogares más vulnerables.
Sin embargo, estos programas no están diseñados para aumentar la productividad de los más pobres. Su efecto es principalmente redistributivo y de corto plazo: alivian la pobreza, pero no la eliminan. Al aumentar el consumo sin aumentar la capacidad productiva, no rompen la trampa de la pobreza. Los hogares beneficiarios siguen sin poder ahorrar, sin poder invertir y sin poder mejorar su productividad. En otras palabras, las transferencias monetarias ayudan a sobrevivir, pero no a progresar.
Por eso, cada vez más economistas y especialistas en desarrollo coinciden en que es necesario reemplazar —o al menos complementar— las políticas asistencialistas con programas que capitalicen a los pobres. Esto implica transferencias de capital, no solo de dinero. Capital que permita a los hogares pobres adquirir activos productivos, mejorar sus capacidades, acceder a tecnología, insertarse en mercados y aumentar su productividad. La idea no es nueva; ha sido aplicada con éxito en países como Bangladesh, India o Etiopía, donde programas de “graduación” han demostrado que los hogares pobres pueden salir de la pobreza de manera sostenible cuando reciben capital, capacitación y acompañamiento.
El proceso de capitalización de los más pobres requiere un enfoque integral. No basta con entregar activos productivos si no se acompaña con transferencia de know-how, como la extensión agrícola para los productores rurales. Tampoco basta con ofrecer capacitación si no existe inclusión financiera que permita acceder a créditos, seguros o instrumentos de ahorro. La inserción en mercados es igualmente crucial: los productores deben tener canales para vender sus productos a precios justos y competitivos. Además, la salud y la educación son pilares fundamentales. Un agricultor enfermo o un niño desnutrido no pueden desarrollar su potencial productivo. La capitalización, por tanto, debe ser un proceso articulado que combine activos, conocimientos, financiamiento, mercados y servicios básicos.
El caso peruano
En el caso peruano, existe una oportunidad única para implementar un programa de capitalización masiva que beneficie especialmente a los más pobres: la actividad forestal. La reforestación de los Andes y la Amazonía no solo es una necesidad ambiental, sino también una oportunidad económica. Los suelos degradados de la sierra pueden recuperarse mediante plantaciones forestales que generen ingresos sostenibles para las comunidades rurales. La Amazonía, por su parte, tiene un enorme potencial para desarrollar cadenas de valor forestales que combinen conservación, manejo sostenible y generación de empleo.
La Reforestación de los Andes y la Selva
La actividad forestal tiene varias ventajas. Es intensiva en mano de obra, lo que permite absorber a trabajadores de baja productividad. Genera ingresos a mediano y largo plazo, lo que incentiva el ahorro y la inversión. Requiere capacitación y asistencia técnica, lo que fortalece el capital humano. Además, puede articularse con mercados nacionales e internacionales, lo que aumenta la rentabilidad. Pero quizás lo más importante es que permite integrar a los hogares pobres en un proceso productivo sostenible, que aumenta su productividad y rompe la trampa de la pobreza.
Si el Perú apuesta por un programa nacional de reforestación con enfoque productivo, podría no solo aumentar su PBI de manera balanceada y basada en recursos renovables, sino también reducir la informalidad laboral y cerrar las brechas sociales. La reforestación puede convertirse en el motor de un nuevo modelo de desarrollo que combine crecimiento económico, inclusión social y sostenibilidad ambiental. Un modelo donde los pobres no sean vistos como beneficiarios pasivos de transferencias, sino como actores productivos capaces de generar riqueza y contribuir al desarrollo del país.
Conclusión
La trampa de la pobreza no es inevitable. Es el resultado de decisiones políticas, estructuras económicas y desigualdades históricas. Romperla requiere un cambio de enfoque: pasar de la asistencia al empoderamiento, de las transferencias monetarias a la capitalización, de la informalidad a la productividad. El Perú tiene los recursos, el conocimiento y las oportunidades para hacerlo. Lo que falta es la voluntad de transformar el modelo de desarrollo y apostar por un futuro donde todos los peruanos puedan iniciar su propio círculo virtuoso de productividad, ahorro, inversión y progreso. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).