Linterna de Popa 535

Linterna de Popa 535

Jorge F. Baca Campodónico

Marzo 2026

A 250 años de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith

¿Por qué el libro de Adam Smith sigue siendo relevante para el Perú?

Destaque

Dos siglos y medio después, Adam Smith sigue ofreciendo al Perú una guía moral y económica: expandir la productividad de todos, eliminar barreras burocráticas y el mercantilismo, disciplinar el poder y poner el crecimiento al servicio de la gente común dando igualdad de oportunidad a todos.

Este semana se han cumplido 250 años de la publicación de La Riqueza de las Naciones, la obra monumental con la que Adam Smith no solo fundó la economía moderna, sino que también ofreció una brújula moral y práctica para sociedades que, como la peruana, enfrentan pobreza persistente, desigualdad creciente, violencia, polarización política y un entorno internacional incierto. Resulta sorprendente —y revelador— que un libro escrito en 1776 pueda iluminar con tanta claridad los dilemas de un país que en 2026 aún lucha por convertirse en una nación próspera para todos.

Smith es citado con frecuencia, pero pocas veces comprendido. Mientras que muchos economistas de derecha lo reducen a un defensor del laissez-faire absoluto, los sectores de izquierda lo caricaturizan como un apologista del egoísmo y de la derecha neoliberal. Pero Smith fue mucho más complejo. Su proyecto intelectual combinó dos obras inseparables: La Riqueza de las Naciones y La Teoría de los Sentimientos Morales. La primera explica cómo la productividad (división del trabajo) y la cooperación descentralizada (libre mercado) pueden generar prosperidad; la segunda recuerda que la vida económica solo funciona si está anclada en la simpatía, el altruismo, la reciprocidad y el juicio moral. Esa dualidad —productividad y moralidad, interés propio y empatía— es exactamente lo que el Perú necesita recuperar.

La fábrica de alfileres y el Perú fragmentado

En el capítulo sobre la fábrica de alfileres, Smith observó que dividir el trabajo en tareas especializadas multiplicaba la productividad por 240. El ejemplo de la fábrica de alfileres no es solo una anécdota industrial: es una metáfora del proceso evolutivo que genera riqueza en las sociedades. La división del trabajo permite que millones de personas, sin conocerse, coordinen sus esfuerzos a través de redes complejas que ningún planificador podría diseñar. La coordinación no requería planificadores benevolentes ni líderes visionarios. Surgía de individuos persiguiendo sus propios intereses bajo el manto de una “mano invisible” que es el mercado.

Pero Adam Smith es muy claro en señalar que esa coordinación (mercado) solo funciona cuando todos pueden participar con igualdad de oportunidades. En el Perú, la división del trabajo está fracturada. Tenemos un sector moderno —minería, agroexportación, servicios financieros— con productividad comparable a países desarrollados, y un sector tradicional donde millones de peruanos sobreviven en actividades de bajísima productividad, sin acceso a educación, salud, tecnología, capital, infraestructura ni mercados.

El resultado es un país partido en dos economías que casi no se tocan. Smith habría visto este fenómeno como un fracaso institucional. Él insistía en que la riqueza de una nación debía medirse por su capacidad de proveer “las necesidades y conveniencias de la vida” a la población en su conjunto, no solo a sus élites.

En el documento aparece su frase más contundente: “No society can surely be flourishing and happy, of which the far greater part of the members are poor and miserable.” (Ninguna sociedad puede realmente florecer y ser feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable). Si aplicamos ese criterio, el Perú no puede considerarse una sociedad floreciente.

La mano invisible no funciona en un país con barreras invisibles

Smith nunca defendió un mercado sin reglas. Desconfiaba de los monopolios, de los privilegios, de las barreras de entrada y de los grupos de interés que capturan al Estado (mercantilismo), de hecho el libro de Smith es una crítica al mercantilismo. En su libro Smith criticaba “las estructuras que impiden que los individuos persigan libremente sus propios intereses —incluyendo el favoritismo gubernamental, los esfuerzos de grandes empleadores por suprimir salarios y las instituciones restrictivas que limitan la competencia.”

El Perú está lleno de esas “barreras invisibles”. No son solo las trabas burocráticas o la informalidad. Son también las desigualdades de origen que impiden que todos tengamos las mismas oportunidades en la vida: educación de mala calidad, falta de conectividad, ausencia de infraestructura, discriminación, inseguridad, violencia, corrupción. La mano invisible no puede operar cuando millones de peruanos están atrapados en condiciones que les impiden siquiera entrar al mercado en igualdad de condiciones (la barrera invisible).

Smith habría dicho que el problema no es el modelo económico, sino sus fallas y deficiencias o en todo caso su deterioro. El Perú adoptó una estrategia de apertura, estabilidad macroeconómica y promoción de sectores competitivos. Eso generó crecimiento, pero no integración. La división del trabajo se expandió hacia afuera —exportamos más— pero no hacia adentro —no integramos a nuestra propia población. Y nuestros políticos en los últimos 15 años se han encargado de distorsionarlo aún más.

El resultado es un país donde la productividad crece en el sector moderno, pero se estanca en el resto. Donde el crecimiento del PBI convive con el aumento de la pobreza (30% en 2023) y con una desigualdad que vuelve a ampliarse. Donde la violencia y la polarización política se alimentan de la frustración de millones que sienten que el progreso les pasa por el costado.

Smith y la moral perdida de nuestro modelo económico

Antes de escribir La Riqueza de las Naciones (9 de marzo de 1776), Smith publicó La Teoría de los Sentimientos Morales (12 de abril de 1759), donde argumenta que los seres humanos no actúan solo por interés propio, sino también por simpatía, altruismo, reciprocidad y deseo de aprobación social. La economía, para él, no era un sistema mecánico, sino un entramado moral. Smith enfatizaba la simpatía, el juicio moral y nuestro deseo de aprobación de los demás. Esa parte de Smith ha sido olvidada en el Perú.

Nuestro debate económico se ha reducido a una dicotomía estéril: cambiar el modelo o defenderlo a ultranza. Pero Smith ofrece una tercera vía: adaptar el modelo para que cumpla su propósito moral original. El objetivo no es maximizar el crecimiento del PBI, sino mejorar la vida de la gente común. El crecimiento es un medio, no un fin.

Smith habría rechazado la idea de que la prosperidad de unos pocos basta para arrastrar al resto (trickle down – efecto arrastre). También habría rechazado la tentación populista de destruir los sectores modernos que sí funcionan. Su mensaje sería más bien: expandan la productividad de todos, eliminen las barreras que impiden participar, y aseguren que los frutos del crecimiento se distribuyan de manera justa. Eso se llama reciprocidad.

Productividad para todos: la tarea pendiente

Smith veía la productividad como el motor moral del progreso. En su libro Smith remarca que “el crecimiento de la productividad es el núcleo moral del progreso económico, porque era lo que hacía posibles niveles de vida más altos.” Pero en el Perú, la productividad es un privilegio.

La minería y la agroexportación han logrado integrarse a cadenas globales sofisticadas, con tecnología, logística y capital. Pero un gran porcentaje de peruanos trabaja en actividades donde la productividad es tan baja que ni siquiera les permite generar ingresos dignos. No es que la gente no trabaje: es que trabaja en condiciones que no permiten crear excedentes.

Smith habría dicho que esto no es culpa de los trabajadores, sino de las instituciones que no han extendido la división del trabajo a toda la sociedad. La solución no es cerrar o expropiar los sectores modernos, sino conectar a los sectores rezagados con mercados, tecnología, infraestructura y capital.

Eso requiere un Estado capaz de coordinar, no de reemplazar al mercado. Un Estado que discipline el poder, como decía Smith, y que elimine los privilegios que impiden la competencia. Un Estado que invierta en educación, salud, seguridad y conectividad, no vistos como gasto social, sino como la base misma del aumento de la productividad de todos. El modelo chino, con todas sus imperfecciones, se asemeja mas a lo que Adam Smith tenia en mente cuando escribió La riqueza de las Naciones. Las condiciones iniciales y la realidad peruana actual requieren de algo similar: orden y productividad.

El interés propio con reciprocidad: la clave para reconstruir la confianza

Smith nunca celebró el egoísmo. En La Riqueza de las Naciones escribió la famosa frase: “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra cena, sino por su propio interés.”

Pero ese interés propio estaba siempre moderado por la moralidad descrita en La Teoría de los Sentimientos Morales. El interés propio debía contener reciprocidad, empatía y sentido de justicia. En el Perú, el interés propio se ha divorciado de la reciprocidad.

La élite económica desconfía del Estado y de la política; la población desconfía de la élite; las regiones desconfían de Lima; Lima desconfía de las regiones; y todos desconfían del Congreso, pero el congreso, nos guste o no, es elegido por el pueblo. La polarización política ha convertido la vida pública en un juego de suma cero. Todos quieren repartir la torta, pocos quieren hacer crecer la torta. La violencia y la criminalidad han erosionado la confianza básica entre ciudadanos. Smith habría dicho que sin confianza no hay mercado, y sin mercado no hay prosperidad.

Reconstruir esa confianza requiere un pacto moral: que quienes tienen más oportunidades reconozcan que su prosperidad depende de una sociedad estable y cohesionada; y que quienes se sienten excluidos vean que el crecimiento puede beneficiarlos si se eliminan las barreras que hoy los mantienen al margen.

Un mundo en guerra y un Perú vulnerable

Los conflictos globales —como la guerra entre Rusia y Ucrania o las tensiones en Medio Oriente— pueden generar aumentos significativos en los precios del petróleo y los fertilizantes, afectando la inflación y el crecimiento económico. Es un recordatorio de que el Perú es una economía abierta y vulnerable.

Smith habría dicho que el mercantilismo —la obsesión por controlar los precios, poner barreras al comercio, o cerrar la economía— es un error. Adam Smith criticaba “la fijación en los balances bilaterales y el micro manejo industrial”, que resultan en “menos opciones, precios más altos y crecimiento más lento.”

Pero también habría dicho que una economía abierta necesita instituciones fuertes para proteger a los más vulnerables de los shocks externos. La apertura sin protección genera frustración; la protección sin apertura genera estancamiento. El Perú necesita ambas cosas: mercados abiertos y un Estado eficiente, capaz de amortiguar los golpes. Ese mecanismo de realimentación es la reciprocidad.

Un mensaje para el Perú en tiempos electorales

El Perú se encuentra en medio de un proceso electoral marcado por la desconfianza, la polarización y la incertidumbre. En este contexto, Smith ofrece una lección fundamental: la economía no es un juego de élites, sino un proyecto moral para mejorar la vida de la gente común. Debemos mantener el enfoque donde Smith siempre insistió que debía estar: en mejorar la vida de la gente común.

Ese debería ser el criterio para evaluar cualquier propuesta económica en esta campaña. No se trata de cambiar el modelo, sino de corregir los desvíos que se han acrecentado en los últimos años. Debemos pasar de un crecimiento que beneficia a unos pocos a un crecimiento que integre a todos. De una división del trabajo fracturada a una economía donde cada peruano pueda aportar y prosperar. De un interés propio sin freno a un interés propio con reciprocidad. De un Estado capturado por intereses particulares a un Estado que discipline el poder y promueva la competencia. Smith no ofrece recetas mágicas, pero sí un principio rector: la economía y el mercado debe servir a las personas, no al revés.

Un optimismo realista para un país cansado

Debemos recordar que Smith era sorprendentemente optimista. A pesar de las desigualdades de su época, veía progreso. Y ese optimismo no era ingenuo: era la convicción de que la creatividad humana, bien canalizada, podía transformar sociedades. Hoy el Perú necesita ese optimismo realista.

No el optimismo vacío que niega los problemas, sino el que reconoce que el país tiene recursos, talento y sectores competitivos, pero que necesita integrar a todos sus ciudadanos en un proyecto común. El que entiende que la violencia, la pobreza y la desigualdad no son inevitables, sino el resultado de instituciones incompletas y sobrerregulación. El que sabe que la prosperidad no se decreta, sino que se construye ampliando la productividad y la libertad de todos.

A 250 años de La Riqueza de las Naciones, el mensaje de Adam Smith sigue siendo urgente: disciplinar el poder, defender la competencia, expandir la productividad y, sobre todo, poner en el centro la vida de la gente común. El Perú no necesita un nuevo modelo económico. Necesita recordar para qué sirve el que ya tiene. Releer el preámbulo de la Constitución de 1993 y enrumbar nuestro camino es el mejor homenaje que podemos hacer a Adam Smith. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).

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