Linterna de Popa 533
Jorge F. Baca Campodónico
Febrero 2026
La importancia de la Reciprocidad en la era post izquierda–derecha
¿Porque la polarización entre la izquierda y la derecha no ayuda?
Destaque
La Reciprocidad promueve la cooperación social, cuestiona la dicotomía izquierda-derecha y propone diseñar instituciones adaptativas que alineen incentivos, confianza y equidad, inspirándose en la economía evolutiva y experiencias como el Tahuantinsuyo.
Una tarde cualquiera, en una calle cualquiera, dos personas observan cómo un desconocido deja caer su billetera. La primera corre tras él, lo alcanza y se la devuelve sin esperar nada a cambio. La segunda, en cambio, mira a ambos lados, se agacha, la recoge y se la guarda en el bolsillo con la naturalidad de quien cree haber ganado una pequeña lotería. Ambos comportamientos existen, ambos son humanos, y ambos han convivido desde que nuestra especie comenzó a caminar erguida. Pero lo que realmente define a las sociedades no es la presencia del altruista ni del oportunista, sino la reacción del resto del grupo ante ellos, es decir la reciprocidad.
En la mayoría de las comunidades humanas —desde aldeas ancestrales hasta ciudades modernas— la gente tiende a celebrar al primero y condenar al segundo. Y no solo con palabras: está dispuesta a recompensar al cooperador (altruista) y castigar al egoísta, incluso cuando hacerlo implica un costo personal. Ese impulso, tan profundamente arraigado que parece instintivo, es lo que los científicos sociales llaman “reciprocidad” (strong reciprocity en inglés). Sin embargo, este principio, tan natural en el comportamiento humano, brilla por su ausencia en la concepción de los modelos teóricos de la izquierda (como El Capital de Marx) y de la derecha (como La Riqueza de las Naciones de Adam Smith).
Eric D. Beinhocker, profesor de la Universidad de Oxford, y especialista en sistemas complejos y adaptativos, en su libro The Origin of Wealth, sostiene que la reciprocidad es la clave para entender no solo la cooperación humana, sino también la política contemporánea. Y va más allá: argumenta que la vieja división entre izquierda y derecha —que durante dos siglos ha organizado nuestras disputas públicas— se vuelve insuficiente cuando se observa la sociedad desde la perspectiva de la complejidad, de la adaptación y de la evolución de la reciprocidad.
El resultado de la lectura del libro es tremendamente provocadora para nuestra realidad: la política del siglo XXI no se juega entre quienes creen en el Estado interventor y quienes creen en el mercado, sino entre quienes entienden cómo interactúan el estado y el mercado a través de sistemas complejos y quienes siguen atrapados en categorías ideológicas diseñadas para un mundo que ya no existe.
La política vista desde la calle
El ejemplo de la billetera no es trivial. Beinhocker lo utiliza como puerta de entrada a una idea más amplia: las sociedades humanas funcionan porque la mayoría de sus miembros no solo coopera, sino que además está dispuesta a sancionar a quienes no lo hacen. Esa disposición a castigar al “free rider” —al que se aprovecha del esfuerzo ajeno— es lo que permite que existan mercados, Estados, democracias y cualquier forma de vida colectiva mínimamente estable. Sin reciprocidad, los contratos serían papel mojado, los impuestos serían ineficaces, las leyes serían sugerencias y la confianza interpersonal sería un lujo. En otras palabras, la economía moderna sería imposible.
En nuestro medio, tanto la izquierda como la derecha han construido sus visiones del mundo sobre supuestos incompletos acerca de la naturaleza humana. La derecha clásica ha tendido a imaginar individuos movidos casi exclusivamente por incentivos materiales (el beneficio propio), maximizadores racionales que cooperan solo cuando les conviene. La izquierda, por su parte, ha confiado en que la solidaridad puede sustentarse mediante estructuras redistributivas y normas impuestas desde arriba por un Estado interventor, sin prestar suficiente atención a los incentivos que moldean el comportamiento.
La reciprocidad descoloca a ambas visiones. Muestra que los humanos no somos ni ángeles solidarios ni calculadores egoístas, sino criaturas complejas que cooperan, castigan, negocian, se adaptan y construyen instituciones que reflejan esa mezcla y todo esto gracias al mecanismo de la reciprocidad.
El fin del eje izquierda–derecha
Beinhocker sostiene que la división izquierda–derecha nació en un mundo industrial relativamente simple, donde la principal discusión era cuánta intervención debía tener el Estado en la economía. Pero ese mundo ya no existe. La economía contemporánea es un sistema complejo adaptativo: una red de millones de agentes que interactúan, aprenden, innovan, se adaptan y generan dinámicas no lineales imposibles de predecir desde un escritorio. Es decir no es la actitud egoísta del individuo, ni la actitud paternalista del Estado la que define la dinámica de la sociedad sino el mecanismo de reciprocidad entre el individuo y el estado.
En ese contexto, la pregunta relevante ya no es si el Estado debe ser grande o pequeño, sino cómo diseñar instituciones que permitan que el sistema evolucione hacia estados más productivos, inclusivos y resilientes a través de la reciprocidad. La política, vista como un sistema complejo adaptativo, deja de ser un debate ideológico y se convierte en un ejercicio de ingeniería institucional. No se trata de elegir entre mercado o Estado, sino de entender cómo ambos pueden interactuar para generar cooperación, innovación y bienestar.
Y aquí aparece la reciprocidad como pieza central. Las instituciones que funcionan —desde un sistema tributario hasta un mercado financiero— son aquellas que logran alinear incentivos individuales con resultados colectivos, reforzando normas de cooperación y castigando el oportunismo. Cuando ese equilibrio se rompe, la sociedad se polariza, la confianza se erosiona y la política se convierte en un juego de suma cero.
La economía como un ecosistema evolutivo
Beinhocker critica la visión neoclásica tradicional, que imagina la economía como un sistema de relaciones estáticas que tiende al equilibrio. En su lugar, propone entenderla como un ecosistema evolutivo, donde las empresas, tecnologías e ideas compiten, mutan y se seleccionan en un proceso continuo. En un sistema así, las políticas públicas no pueden basarse en modelos estáticos ni en supuestos de racionalidad perfecta. Deben ser experimentales, iterativas y adaptativas. Deben reconocer que los agentes aprenden, que las reglas cambian los comportamientos y que los resultados emergen de millones de interacciones.
El Estado, en esta visión, no es un planificador central ni un árbitro pasivo. Es un arquitecto del ecosistema: crea reglas del juego, invierte en infraestructura y conocimiento, garantiza la competencia, corrige fallas sistémicas y protege la cohesión social. Pero para que ese ecosistema funcione, necesita un pegamento invisible: la confianza. Y la confianza, a su vez, depende de la reciprocidad.
La Reciprocidad como un circuito vivo entre individuo y sociedad
Si uno observa con detenimiento cualquier escena cotidiana de cooperación —desde alguien que cede el asiento en un bus hasta un vecino que denuncia a quien arroja basura en la calle— aparece una pregunta inevitable: ¿por qué hacemos estas cosas? ¿Por qué estamos dispuestos a actuar de manera altruista, incluso cuando nadie nos mira, y por qué también sentimos la necesidad de sancionar a quien rompe las reglas, aunque eso nos cueste tiempo, energía o incluso conflictos?
La respuesta, según Beinhocker, no está solo en la psicología individual ni únicamente en las estructuras sociales, sino en la interacción dinámica entre ambas. La reciprocidad funciona como un mecanismo de realimentación continua entre el individuo y la sociedad. No es un rasgo aislado y estático, sino un circuito vivo que se refuerza, se adapta y evoluciona con cada interacción.
Cuando alguien actúa de manera cooperativa, la comunidad responde con reconocimiento, confianza o inclusión. Esa respuesta refuerza la idea de que cooperar vale la pena. Con el tiempo, ese patrón se convierte en norma, y la norma moldea a nuevos individuos que internalizan la cooperación como parte de su identidad moral. Lo mismo ocurre en el extremo opuesto: cuando alguien actúa de manera oportunista, la sanción social —formal o informal— envía una señal clara de que ese comportamiento no será tolerado. La sanción refuerza la norma, la norma refuerza la sanción, y así el sistema mantiene su cohesión.
Esta lectura sistémica descoloca a las categorías políticas tradicionales. La derecha clásica se concentra en el individuo; la izquierda, en la estructura del estado interventor. La reciprocidad muestra que la cooperación emerge de la interacción entre ambos, de un proceso de retroalimentación donde las normas moldean a los individuos y los individuos moldean las normas. Las sociedades funcionan como sistemas evolutivos: las instituciones se adaptan, mutan y se seleccionan en función de su capacidad para sostener la cooperación. Cuando la reciprocidad opera bien, genera ciclos virtuosos de confianza e innovación. Cuando se rompe, aparecen ciclos viciosos de desconfianza, oportunismo y polarización.
Un espejo inesperado: el Tahuantinsuyo como civilización de reciprocidad
La idea de la reciprocidad como mecanismo vivo no es exclusiva de las sociedades modernas. De hecho, algunas civilizaciones preindustriales la llevaron a un nivel de sofisticación que sorprende incluso a los teóricos contemporáneos. John V. Murra, en su célebre estudio Reciprocity and Redistribution in Andean Civilizations, mostró que el imperio inca no era ni capitalista ni comunista, sino algo distinto: un sistema económico basado en la reciprocidad, la redistribución y el trabajo colectivo, sostenido por un código moral simple pero contundente: Ama Sua, Ama Llulla, Ama Quella (no seas ladrón, no seas mentiroso, no seas perezoso).
El Ayllu, célula básica de la organización social andina, funcionaba como una comunidad de producción, redistribución y control mutuo. Cada familia recibía tierras proporcionales a su tamaño, pero esas tierras no eran propiedad privada absoluta: eran un derecho de uso otorgado por la comunidad. A cambio, la familia debía trabajar sus parcelas, contribuir a las faenas colectivas y cumplir con el tributo estatal en forma de trabajo o bienes almacenados en los qollqas. Si alguien no cumplía, no era el Estado inca el que intervenía de inmediato: era el propio Ayllu el que sancionaba. La vigilancia era comunitaria, cotidiana, emocional.
Desde la perspectiva de Beinhocker, esto es reciprocidad en estado puro. Cooperación altruista, castigo altruista, normas internalizadas e instituciones que amplifican la reciprocidad. Los qollqas, los quipus, la mita y el Qhapaq Ñan no eran simples herramientas administrativas: eran mecanismos institucionales que reforzaban un circuito de cooperación multiescalar. La conducta individual alimentaba la cohesión comunitaria, la comunidad alimentaba la estabilidad estatal y el Estado devolvía protección y redistribución en épocas de crisis.
El Tahuantinsuyo, sin saberlo, había diseñado un ecosistema institucional que maximizaba la cooperación en un entorno geográfico brutal. No era un mercado libre, pero tampoco un Estado totalitario. Era un sistema complejo adaptativo basado en la reciprocidad. Un recordatorio histórico de que las sociedades pueden organizarse alrededor de la cooperación sin necesidad de moneda, contratos escritos o propiedad estatal total.
La psicología moral que sostiene las instituciones
La reciprocidad no es una teoría abstracta. Está respaldada por décadas de experimentos en psicología, en teoría de juegos, economía del comportamiento y antropología. En juegos como el del ultimátum o el del bien público, los humanos muestran una y otra vez que están dispuestos a sacrificar beneficios personales para castigar la injusticia o premiar la cooperación. Ese comportamiento desafía la lógica del “homo economicus”, pero encaja perfectamente con la evolución cultural. Los grupos que desarrollaron normas de cooperación y mecanismos de sanción fueron más exitosos que aquellos dominados por el oportunismo. Con el tiempo, esas normas se internalizaron y se convirtieron en parte de nuestra arquitectura psicológica.
Las instituciones modernas —desde los tribunales hasta las agencias tributarias— no hacen más que amplificar y formalizar esos mecanismos ancestrales. Funcionan porque la mayoría de la gente cree que las reglas son justas y que quienes las violan serán castigados. Cuando esa creencia se debilita, las instituciones se vuelven frágiles.
La política como diseño de cooperación
Si la reciprocidad es el motor de la cooperación humana, entonces la política debe centrarse en diseñar instituciones que la refuercen. Eso implica crear reglas claras, transparentes y percibidas como justas. Implica reducir la desigualdad extrema, que erosiona la confianza y alimenta la percepción de que el sistema está amañado. Implica fomentar la competencia leal, castigar la corrupción y proteger a quienes cumplen las normas.
Beinhocker ofrece una crítica simétrica a izquierda y derecha. La derecha, al enfatizar exclusivamente los incentivos individuales, subestima el papel de las normas sociales y la cohesión. La izquierda, al confiar demasiado en la redistribución y el control estatal, subestima la importancia de los incentivos y la innovación. La reciprocidad muestra que la equidad no es solo un ideal moral: es un mecanismo funcional para sostener la productividad y la estabilidad. La reciprocidad es un mecanismo que está en el mismo nivel que el mecanismo de mercado o el mecanismo del estado. Lo importante de la reciprocidad es que este mecanismo de realimentación actúa para corregir simultáneamente las fallas de mercado y las fallas de estado contribuyendo a mejorar el bienestar de la sociedad.
El desafío del siglo XXI: reconstruir la reciprocidad
Beinhocker advierte que la globalización, la desigualdad y la disrupción tecnológica han debilitado el mecanismo de la reciprocidad en muchas sociedades. Cuando la gente percibe que otros no cooperan, deja de cooperar. Cuando siente que las sanciones no funcionan, deja de cumplir. Cuando cree que las reglas son injustas, deja de respetarlas. El sistema entero se recalibra hacia un equilibrio de baja cooperación.
Ese deterioro explica buena parte de la polarización política contemporánea. Los ciudadanos dejan de confiar en las instituciones, se refugian en identidades tribales y castigan a las élites que consideran oportunistas. La política se convierte en un campo de batalla emocional, no en un espacio de diseño institucional. La actual campaña electoral es un claro ejemplo de este escenario. El gráfico adjunto ilustra como los partidos políticos se han polarizado entre las posiciones de izquierda que proponen mas Estado y las posiciones de derecha que proponen menos estado, menos regulación, más seguridad y más emprendimiento privado. Las encuestas de intención de voto muestran que los electores por un lado se han concentrado en partidos de derecha, pero por otro lado los partidos de izquierda si bien con un volumen electoral menor cuando considerados individualmente, si sumados en conjunto representan un contrapeso no despreciable a las posiciones de derecha. Lo que más llama la atención es el escaso volumen de intención de voto de los partidos que se pueden considerar de centro y revela la escasez de ideas alternativas a la derecha e izquierda. La polarización de los partidos políticos entre la izquierda radical y la derecha extrema, nos podría llevar a sorpresas en la segunda vuelta de las elecciones.

El gran desafío del siglo XXI, según Beinhocker, es reconstruir el mecanismo de la reciprocidad. Eso requiere instituciones inclusivas, políticas redistributivas inteligentes, regulación efectiva de mercados globales y narrativas culturales que refuercen la cooperación. Requiere, en suma, una política que entienda la naturaleza compleja de la sociedad, que entienda que la política no es un juego de suma cero (donde el pastel no crece y lo que uno gana es lo que otros pierden), sino un juego donde todos ganan (donde el pastel crece) y que se base en evidencia y no en dogmas.
Conclusión: un nuevo mapa para un mundo complejo
El libro The Origin of Wealth es una invitación a abandonar la comodidad de las etiquetas ideológicas y a mirar la política con ojos nuevos. Beinhocker muestra que la economía es un sistema evolutivo, que la cooperación humana se sostiene en el mecanismo de reciprocidad y que las instituciones deben diseñarse para reforzar ese equilibrio delicado entre incentivos y normas.
La vieja disputa entre izquierda y derecha se vuelve insuficiente para un mundo donde la innovación, la interdependencia y la incertidumbre son la norma. La política del futuro no será la lucha entre quienes creen en el Estado y quienes creen en el mercado, sino entre quienes entienden cómo funcionan los sistemas complejos y quienes siguen aferrados a categorías del pasado.
En ese nuevo mapa, la reciprocidad no es solo un concepto académico: es la brújula moral y el mecanismo evolutivo que puede guiarnos hacia sociedades más cooperativas, más innovadoras y más justas. Y, como nos recuerda Murra, no es una invención moderna: es un principio que civilizaciones como el Tahuantinsuyo entendieron intuitivamente y llevaron a la práctica con una sofisticación que aún hoy sorprende. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).