Linterna de Popa 532

Linterna de Popa 532

Jorge F. Baca Campodónico

Febrero 2026

¿Qué entendemos por desarrollo económico y social de un país?

El PBI per cápita no refleja el nivel de desarrollo del Perú

Destaque

Para lograr el verdadero desarrollo del país no basta hacer crecer el PBI, lo que se necesita es lograr el pleno empleo digno, a través de la diversificación productiva y una inversión de calidad como ejes del verdadero desarrollo inclusivo del Perú.

En el Perú contemporáneo, hablar de desarrollo económico suele reducirse a una cifra: el crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) o en menor medida al crecimiento del PBI per cápita. La política, los medios y buena parte del debate público han convertido al PBI en un fetiche, en un indicador que parece contener por sí solo la promesa del progreso. Sin embargo, esta visión estrecha ha terminado por ocultar una verdad fundamental: el crecimiento económico medido por el PBI no es sinónimo de desarrollo, y mucho menos garantiza bienestar, cohesión social o igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos.

Hablar de desarrollo económico y social exige ir mucho más allá de las cifras del PBI que suelen dominar el debate público. Durante décadas, se ha instalado la idea de que el crecimiento del Producto Bruto Interno es el indicador por excelencia del progreso de una nación. Sin embargo, el crecimiento del PBI, por sí solo, no garantiza que un país avance hacia un desarrollo real, inclusivo y sostenible. El crecimiento económico es, en esencia, un proceso de acumulación de capital y aumento de la productividad, pero este proceso no implica necesariamente que toda la fuerza laboral encuentre un empleo digno ni que la sociedad en su conjunto mejore sus condiciones de vida. Los niveles de informalidad laboral son un claro ejemplo de esta situación.

El verdadero desarrollo requiere que cada persona tenga la posibilidad de acceder a un trabajo formal, productivo y bien remunerado. El pleno empleo digno no es un resultado automático del crecimiento, sino una condición necesaria para que una sociedad pueda considerarse desarrollada. Y ese pleno empleo solo puede alcanzarse cuando el crecimiento económico es balanceado entre todos los sectores productivos, de modo que la economía sea capaz de absorber la totalidad de su fuerza laboral en actividades de alta productividad.

El Perú ha experimentado ciclos de expansión económica importantes en las últimas décadas, impulsados por la inversión minera, los altos precios de los commodities, la apertura comercial y más recientemente la agroexportación. Pero ese crecimiento no ha logrado transformar la estructura productiva del país ni generar empleo digno para la mayoría de la población. La informalidad, que afecta a más del 70% de la fuerza laboral, es el síntoma más evidente de un modelo que produce riqueza sin distribuir oportunidades. Es un claro ejemplo de una falla de mercado. La oportunidad de un pleno empleo digno es una condición necesaria para el desarrollo económico y social. Y, sin embargo, ese pleno empleo sigue siendo una aspiración lejana.

Crecimiento sin inclusión: la paradoja peruana

La economía peruana ha sido celebrada internacionalmente por su estabilidad macroeconómica y su apertura al capital extranjero. Tal como se observa en el Gráfico 1, el PBI per cápita del Perú medido en dólares estadounidenses ha experimentado una expansión notable entre 1995 y 2025, pasando de aproximadamente 2,000 US$ a 9,926 US$, lo que representa un crecimiento acumulado superior al 390 %. Este desempeño estuvo fuertemente asociado al boom de los precios internacionales de los minerales entre 2001 y 2013, periodo en el que la economía peruana se benefició de términos de intercambio excepcionalmente favorables y de un fuerte influjo de inversión vinculada al sector extractivo.

Tras el fin de este superciclo, el crecimiento del PBI per cápita entró en una fase de estancamiento (2013 – 2020), reflejando la paralización de la inversión y la ausencia de nuevos motores de expansión productiva. En los años más recientes, especialmente en el periodo post pandemia, el PBI per cápita en dólares ha mostrado una nueva aceleración, impulsada principalmente por la apreciación del sol peruano y por una mejora histórica de los términos de intercambio, más que por cambios estructurales en la capacidad productiva o en la generación de empleo formal.

Sin embargo, esta prosperidad ha convivido con crecientes niveles de pobreza (ver Gráfico 2) y una profunda desigualdad en la distribución del ingreso y, sobre todo, del acceso a oportunidades productivas y empleo formal. El país crece, pero no se desarrolla. La razón es estructural: el crecimiento no ha sido balanceado entre sectores, lo que impide absorber la mano de obra disponible en actividades de alta productividad. El pleno empleo digno de toda la fuerza laboral solo se consigue con un crecimiento balanceado de todos los sectores de la economía.

La calidad de la inversión clave del desarrollo

En el Perú, la inversión —motor del crecimiento— proviene de dos fuentes: la interna y la externa. Pero ninguna de ellas ha logrado generar un proceso sostenido de diversificación productiva. La inversión externa, no garantiza un crecimiento económico balanceado ni una utilización plena y digna de la fuerza laboral. Y la inversión interna, concentrada en los sectores de mayores ingresos, se dirige casi exclusivamente a actividades de alta rentabilidad pero baja capacidad de generación de empleo, como la minería y la agroexportación.

La consecuencia es un país con islas de modernidad rodeadas de vastos territorios de informalidad y creciente actividad ilícita. Un país donde la productividad promedio es baja porque la mayoría de los trabajadores se desempeña en actividades de subsistencia. Un país donde el ahorro doméstico está profundamente concentrado y donde los sectores populares carecen de los medios para acumular capital. El ahorro de las mayorías pobres además de escaso por la baja productividad está condenado a la trampa de la pobreza por la desigualdad y falta de oportunidad.

El rol limitado de la inversión pública

En teoría, la inversión pública debería compensar estas desigualdades, orientando recursos hacia sectores estratégicos, infraestructura y servicios que permitan elevar la productividad general del país. Pero en la práctica, su impacto es limitado. La inversión pública generalmente es solo una pequeña fracción de la inversión total (ver Gráfico 3) y además es el residual del gasto público que está orientado mayormente al gasto corriente.

Esto limita su capacidad para convertirse en un motor de desarrollo, especialmente cuando no existe una estrategia clara sobre los sectores prioritarios ni una evaluación rigurosa de la calidad de los proyectos. Esto significa que el Estado peruano no solo invierte poco, sino que invierte mal. La calidad de la inversión pública es baja, los proyectos se ejecutan con retrasos, sobrecostos o diseños deficientes, y la planificación estratégica es prácticamente inexistente. En lugar de ser un motor de desarrollo, la inversión pública se ha convertido en un espacio donde se manifiestan las debilidades institucionales del país: fragmentación, corrupción, falta de capacidades técnicas y ausencia de visión de largo plazo.

La consecuencia es que el Perú carece de una política de desarrollo, de una estrategia de diversificación productiva y de un plan nacional para generar empleo digno. La economía avanza por inercia, empujada por los sectores que ya son competitivos, mientras el resto del país queda rezagado.

La trampa del ahorro y la desigualdad estructural

No basta con aumentar la inversión total; es fundamental decidir en qué sectores se invierte y con qué calidad se ejecutan los proyectos. Esto es particularmente relevante en el caso de la inversión pública, donde la eficiencia, la pertinencia y la sostenibilidad deberían ser criterios centrales. Sin embargo, en países como el Perú, el ahorro doméstico está fuertemente concentrado en grandes empresas y en los sectores de mayores ingresos, que tienden a invertir en actividades de alta rentabilidad como la minería o la agroexportación. Estas actividades, aunque importantes, no generan suficiente empleo formal para absorber a la mayoría de la población.

Mientras tanto, la mayoría de los hogares de bajos ingresos enfrenta una realidad muy distinta. Su capacidad de ahorro es mínima debido a la baja productividad de sus actividades económicas, lo que los condena a una trampa de pobreza perpetuada por la desigualdad y la falta de oportunidades. Incluso cuando logran ahorrar pequeñas cantidades, se encuentran con un sistema financiero oligopólico que ofrece tasas de interés reales negativas, desincentivando el ahorro y limitando aún más sus posibilidades de acumular capital. La asimetría entre la remuneración del ahorro de pequeños empresarios y el de grandes empresas es abismal.

Esta asimetría entre el ahorro de los sectores de bajos ingresos, el de las grandes empresas y el ahorro externo genera una brecha creciente de productividad y rentabilidad. Esa brecha se manifiesta en los altos niveles de informalidad y pobreza que caracterizan a la economía peruana. Y no se trata solo de un problema económico: la desigualdad estructural alimenta tensiones sociales que se expresan en fenómenos como la violencia, la extorsión, el sicariato, la exclusión financiera y la corrupción generalizada. El país puede crecer, pero si ese crecimiento no es inclusivo, la brecha social se agranda y la cohesión se debilita.

El debate político ausente

En un país con estos desafíos, cabría esperar que el debate electoral estuviera centrado en cómo transformar la estructura productiva, cómo generar empleo digno, cómo democratizar el acceso al capital y cómo construir un modelo de desarrollo inclusivo. Pero la realidad es otra.

Las elecciones de abril deberían ser una oportunidad para que los candidatos discutan soluciones de fondo. Sin embargo, el debate público suele centrarse en ataques personales, en el anti-voto y en problemas inmediatos como la inseguridad ciudadana, la corrupción o el destino de empresas estatales como Petroperú. Estos temas, aunque relevantes, son síntomas de problemas más profundos y no abordan las causas estructurales que impiden el desarrollo económico y social del país.

Lo que realmente debería discutirse es cómo lograr un desarrollo pleno, sostenible e inclusivo. Es necesario identificar nuevos motores de crecimiento capaces de generar empleo masivo y elevar la productividad de la economía. Sectores como el forestal tanto andino como de la selva, la construcción de reservorios, canales de irrigación, siembra y cosecha del agua, podrían convertirse en pilares de un desarrollo equilibrado si se diseñan las condiciones adecuadas para su expansión. Sin embargo, propuestas de este tipo brillan por su ausencia en una campaña electoral dominada por medidas populistas y de corto plazo que no ofrecen soluciones duraderas.

La política peruana se ha vuelto cortoplacista, reactiva y superficial. Los candidatos compiten por ofrecer medidas populistas, promesas fáciles y soluciones inmediatas a problemas complejos. La seguridad ciudadana, la corrupción o el destino de Petroperú ocupan el centro del debate, pero sin un análisis profundo de sus causas estructurales. El país discute los síntomas, pero evita hablar de la enfermedad.

Estamos dejando de lado el verdadero debate para lograr el pleno desarrollo económico y social y no solo un crecimiento del PBI. El Perú necesita una conversación seria sobre su futuro, pero esa conversación no está ocurriendo. El país necesita una visión estratégica que vaya más allá del ciclo electoral. Requiere políticas que promuevan la diversificación productiva, que fortalezcan el nivel y la calidad de la inversión pública, que democraticen el acceso al capital y que impulsen la formalización laboral. Necesita un sistema financiero que incentive el ahorro de todos los sectores, no solo de los sectores más pudientes. Y, sobre todo, necesita un compromiso nacional con el pleno empleo formal como objetivo central del desarrollo.

El crecimiento del PBI puede ser un indicador útil, pero no debe confundirse con el desarrollo. El verdadero desarrollo económico y social implica que cada persona tenga la oportunidad de desplegar su potencial en un entorno de dignidad, seguridad y bienestar. Implica cerrar brechas, ampliar oportunidades y construir un país donde el progreso no sea privilegio de unos pocos, sino un derecho de todos.

La necesidad de un nuevo motor de desarrollo

La clave para salir de este entrampamiento no es cambiar el modelo económico, sino identificar un nuevo motor de desarrollo capaz de generar empleo masivo y elevar la productividad del país. No es suficiente depender de la inversion extrajera en recursos no renovables. El Perú necesita sectores que combinen sostenibilidad, alto potencial de crecimiento y capacidad de absorber mano de obra. Sectores que permitan integrar a la población rural, que promuevan la formalización y que generen cadenas de valor diversificadas. El desarrollo no se va a lograr con programas de transferencias de dinero a los pobres y otras propuestas que solo mitigan pero no resuelven el problema de la pobreza. 

Las soluciones para lograr el desarrollo brillan por su ausencia en una campaña electoral dominada por medidas populistas y de corto plazo. Mientras otros países discuten políticas industriales, transición energética, innovación tecnológica o bioeconomía, el Perú sigue atrapado en debates del siglo pasado.

Identificar un nuevo motor de desarrollo no es una tarea sencilla. Requiere visión estratégica, coordinación público-privada, inversión en infraestructura, educación y tecnología, y un Estado capaz de planificar y ejecutar políticas de largo plazo. Sin un sector o conjunto de sectores capaces de dinamizar la economía y generar empleo formal, el país seguirá atrapado en la informalidad y la desigualdad.

El desafío del pleno empleo digno

El concepto de “pleno empleo digno” debería ser central en el debate nacional. No se trata solo de que todos tengan un trabajo, sino de que ese trabajo sea productivo, formal y bien remunerado. El pleno empleo digno es la base del desarrollo porque permite que las familias acumulen capital, accedan a servicios financieros, inviertan en educación y mejoren su calidad de vida.

Pero alcanzar el pleno empleo digno requiere transformar la estructura productiva del país. No basta con crecer; hay que crecer de manera balanceada. No basta con atraer inversión; hay que dirigirla hacia sectores que generen empleo. No basta con estabilidad macroeconómica; se necesita inclusión productiva.

Hacia un nuevo modelo de desarrollo

El Perú necesita un nuevo modelo de desarrollo que reconozca que el crecimiento por sí solo no resolverá los problemas estructurales del país. Ese modelo debe incluir al Estado, al sector privado, a los trabajadores y a la sociedad civil. Debe basarse en una visión compartida de desarrollo inclusivo, sostenible y territorialmente equilibrado.

Este modelo debería tener varios pilares: democratización del acceso al capital; fortalecimiento de la inversión pública; diversificación productiva; formalización laboral; reforma del sistema financiero; y una estrategia nacional de empleo digno. Pero sobre todo, debe tener un horizonte de largo plazo. El desarrollo no se logra en un periodo de gobierno, sino en décadas. Necesitamos mirar más allá de las cifras macroeconómicas y preguntarnos qué tipo de país queremos construir. Es una advertencia sobre los riesgos de seguir ignorando las desigualdades estructurales. Y es, también, una propuesta para pensar el desarrollo desde la inclusión y la dignidad.

Conclusión: el desarrollo como proyecto nacional

El Perú se encuentra en una encrucijada. Puede seguir apostando por un modelo que genera crecimiento pero no desarrollo, que produce riqueza pero no oportunidades, que alimenta la desigualdad y la violencia. O puede iniciar un proceso de transformación profunda que coloque el pleno empleo digno en el centro de su estrategia económica. El país crece pero la brecha del desarrollo inclusivo se agranda. Esa brecha no se cerrará sola. Es una falla de mercado. Requiere liderazgo político, visión estratégica y un compromiso colectivo con el futuro.

El verdadero desarrollo económico y social no es un resultado automático del crecimiento. Es un proyecto nacional. Y es hora de que el Perú lo asuma como tal. El Perú tiene los recursos, el talento y la capacidad para lograrlo. Lo que falta es voluntad política, visión de largo plazo y un debate público que esté a la altura de los desafíos. El desarrollo no es un resultado automático: es una construcción colectiva que exige decisiones valientes y políticas coherentes. Y es hora de que el país asuma ese reto con la seriedad que merece. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).

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