Linterna de Popa 531
Jorge F. Baca Campodónico
Febrero 2026
El Mercado Laboral Peruano: Entre la Informalidad y la Baja Productividad
La Búsqueda de un Nuevo Motor de Desarrollo que elimine la informalidad
Destaque
El mercado laboral peruano crece sin transformarse: informalidad persistente, productividad estancada y desigualdad creciente. La pandemia agravó brechas y urge un nuevo motor de desarrollo, como el sector forestal generador de empleo formal, inclusivo, y sostenible.
Durante décadas, el mercado laboral peruano ha transitado por un camino lleno de contrastes. Por un lado, el país ha experimentado ciclos de crecimiento económico, expansión exportadora y mejoras en ciertos sectores modernos. Por otro, ha mantenido una estructura laboral profundamente marcada por la informalidad, la baja productividad y la desigualdad territorial. Las cifras oficiales de las Cuentas Nacionales del INEI para el periodo 2007 – 2025 que miden el número de empleados formales e informales equivalentes (para tomar en cuenta las horas trabajadas) permiten reconstruir con claridad esta trayectoria, revelando un país que crece, pero no se transforma al ritmo que su población demanda.
El análisis de la evolución de la Población Económicamente Activa (PEA) empleada equivalente entre 2007 y 2025 (ver Gráfico 1) muestra una economía que ha sido capaz de generar puestos de trabajo, pero que no ha logrado integrar a la mayoría de su fuerza laboral en actividades formales y productivas. La informalidad sigue siendo la norma en amplios sectores, especialmente en el primario y en los servicios urbanos, mientras que la industria manufacturera pierde peso y la minería ilegal y otras actividades ilícitas distorsionan los incentivos económicos. La migración venezolana y la pandemia de 2020 profundizaron estas tendencias y han dejado cicatrices que aún no terminan de cerrarse. La recuperación posterior ha sido insuficiente para revertir los retrocesos y, en muchos casos, ha reforzado la dependencia del empleo informal.

Este panorama plantea un desafío urgente: identificar un nuevo motor de desarrollo capaz de elevar la productividad de los sectores más rezagados y romper la trampa de la informalidad que mantiene al país estancado en la condición de ingreso medio. El sector forestal, con su potencial para generar empleo formal, restaurar ecosistemas y combatir actividades ilegales, aparece como una alternativa estratégica que podría redefinir el futuro económico del Perú.
Un mercado laboral dominado por la informalidad y la baja productividad
La característica más persistente del mercado laboral peruano es su elevada informalidad. A lo largo del periodo analizado, la proporción de trabajadores informales hasta 2011 era superior a la de trabajadores formales. La bonanza económica a partir de 2012 permitió invertir esta situación hasta la llegada de la pandemia en 2020. Ha partir de este año el número de empleados equivalentes del sector informal viene aumentado considerablemente mientras que el nivel de empleo formal no ha recuperado su tendencia previa a la exhibida durante el periodo prepandemia (ver Gráfico 2).

En el sector primario, que incluye agricultura, pesca y minería, la agricultura, en particular, continúa siendo una actividad de baja productividad, fragmentada y con escasa tecnificación. A pesar del crecimiento de la agroexportación, que ha dinamizado ciertas zonas de la costa, la mayor parte del empleo agrícola sigue concentrada en unidades familiares de subsistencia, donde la formalización es prácticamente inexistente.
La pesca artesanal y la minería informal —y en muchos casos ilegal— han reforzado esta estructura. La minería ilegal, en especial, se ha convertido en un fenómeno económico de gran escala, capaz de atraer mano de obra por su alta rentabilidad, pero al margen de cualquier regulación laboral, tributaria o ambiental. Este tipo de actividades no solo perpetúa la informalidad, sino que también genera graves impactos sociales y ambientales, desde la deforestación hasta la violencia criminal (ver Gráfico 3).

En el sector terciario, la informalidad también es predominante. El comercio minorista, el transporte urbano y los servicios personales concentran millones de trabajadores sin contrato, sin seguridad social y con ingresos volátiles. La llegada masiva de migrantes venezolanos desde 2017 intensificó esta tendencia. Muchos de ellos encontraron en el comercio ambulatorio, la mensajería informal, la gastronomía callejera y el transporte no regulado una vía rápida de inserción económica. Su presencia dinamizó la economía urbana, pero también incrementó la competencia en actividades de baja productividad, presionando los ingresos hacia abajo y ampliando la informalidad.
Un crecimiento sostenido hasta 2020 impulsado por la economía y la migración
Hasta antes de la pandemia, el mercado laboral peruano mostraba una tendencia de crecimiento sostenido. La PEA Empleada aumentó año tras año, impulsada por el dinamismo económico y por la expansión del sector servicios. El boom de los minerales, la estabilidad macroeconómica y la creciente demanda interna permitieron que el empleo total creciera de manera constante.
La migración venezolana también jugó un papel importante en este proceso. La llegada de cientos de miles de personas en edad de trabajar incrementó la oferta laboral y dinamizó sectores como el comercio, la gastronomía y los servicios urbanos. Aunque la mayoría de estos trabajadores se incorporó al sector informal, su presencia contribuyó a sostener el crecimiento del empleo total y a ampliar la actividad económica en las principales ciudades del país.
Sin embargo, este crecimiento tenía un límite estructural: la mayor parte de los nuevos empleos se generaba en actividades de baja productividad. El país crecía, pero lo hacía sobre una base frágil, sin lograr integrar a la mayoría de su fuerza laboral en sectores modernos y formales.
La pandemia: un quiebre histórico con efectos duraderos
El año 2020 marcó un antes y un después en la historia laboral del Perú. La pandemia de COVID-19 no solo dejó más de 200,000 muertes, sino que también provocó una de las mayores contracciones del empleo en la historia reciente. La cuarentena estricta decretada por el gobierno paralizó la economía urbana, destruyó millones de empleos y obligó a miles de personas a abandonar las ciudades para refugiarse en actividades agrícolas en la sierra.
El impacto fue devastador. El empleo total cayó abruptamente, y la recuperación tardó en llegar. El sector secundario, especialmente la manufactura y la construcción, sufrió una caída sin precedentes. El sector terciario perdió millones de empleos en comercio, transporte y servicios personales. El sector primario, en cambio, absorbió parte de la población desplazada, lo que incrementó la informalidad rural y reforzó la dependencia de actividades de subsistencia.
La pandemia no solo destruyó empleos; también reconfiguró la estructura laboral del país. Muchas personas dejaron de buscar trabajo, otras migraron internamente y otras se incorporaron a actividades informales para sobrevivir. El mercado laboral quedó marcado por una mayor precariedad y por una informalidad aún más extendida.
El declive del sector secundario y la enfermedad holandesa
Incluso antes de la pandemia, el sector secundario (manufactura, construcción y Electricidad, Gas y Agua) mostraba señales de debilitamiento. La participación de la manufactura en el empleo total se reducía progresivamente, afectada por la apreciación del tipo de cambio real asociada al boom minero y por la competencia del contrabando y de productos importados de bajo costo. Este fenómeno, conocido como enfermedad holandesa, encareció la producción local y debilitó la competitividad de la industria nacional.
A esto se sumó la expansión de actividades ilícitas como la minería ilegal, el narcotráfico y la tala ilegal, que generan ingresos rápidos y distorsionan los incentivos económicos. En muchas zonas del país, estas actividades compiten directamente con la manufactura y la agricultura formal, atrayendo mano de obra y capital hacia sectores que no contribuyen al desarrollo sostenible.
La pandemia aceleró este proceso. La manufactura cayó abruptamente en 2020 y su recuperación posterior ha sido lenta e incompleta. El sector secundario no ha logrado recuperar su peso previo y sigue siendo uno de los eslabones más débiles del mercado laboral peruano (ver Gráfico 4).

Una recuperación insuficiente y basada en la informalidad
A partir de 2021, el empleo comenzó a recuperarse, pero lo hizo de manera desigual. El rebote económico permitió recuperar parte del empleo perdido, pero la mayor parte de los nuevos puestos se generó en actividades informales. El comercio minorista, el transporte urbano y los servicios personales volvieron a expandirse rápidamente, mientras que la industria y la construcción avanzaron con mayor lentitud.
La recuperación del empleo formal fue más lenta y no logró compensar la destrucción de puestos de trabajo de 2020. Aunque algunos sectores modernos, como la agroexportación y ciertos servicios especializados, mostraron dinamismo, su capacidad de absorción laboral es limitada en comparación con los sectores informales urbanos y rurales.
El 2025: crecimiento moderado sin transformación estructural
Para 2025, el empleo total ha superado ligeramente los niveles previos a la pandemia pero existe todavía una brecha respecto a la tendencia observada previa a la pandemia (ver Gráfico1). Sin embargo, la estructura laboral sigue siendo prácticamente la misma. La informalidad continúa siendo dominante en el sector primario y en gran parte del sector terciario. El empleo formal crece, pero no lo suficiente para cambiar la composición del mercado laboral. El país sigue atrapado en un modelo dual, donde un sector moderno y exportador convive con un vasto sector informal de baja productividad.
Productividad estancada, desigualdad creciente y el aumento de la violencia
La baja productividad del trabajador informal, especialmente en el sector agropecuario, es uno de los principales obstáculos para reducir la informalidad. La agricultura de subsistencia, la pesca artesanal y la minería informal generan ingresos bajos y volátiles, lo que perpetúa la pobreza y limita las oportunidades de movilidad social.
Mientras tanto, el sector exportador —agroexportación, minería formal, servicios modernos— aumenta su productividad y se beneficia de términos de intercambio favorables. Esta divergencia genera una brecha creciente entre el Perú moderno y el Perú pobre. Las zonas rurales de la sierra y la selva, así como los cinturones urbanos de pobreza, quedan rezagados frente al crecimiento de los sectores modernos.
Esta desigualdad estructural alimenta fenómenos como la violencia, el sicariato, la expansión de economías ilegales y la conflictividad social. La informalidad y la pobreza no solo son un problema económico; son un problema de seguridad y cohesión social.
Programas sociales que alivian, pero no transforman
Los programas de transferencia monetaria han mitigado la pobreza extrema, pero no han logrado reducirla de manera sostenida. Tampoco han contribuido a elevar la productividad de los sectores más pobres. Las transferencias alivian, pero no transforman. No cambian la estructura productiva, no generan empleo formal y no integran a los trabajadores a cadenas de valor modernas.
La necesidad de un nuevo motor de desarrollo: el potencial del sector forestal
El Perú necesita un motor de desarrollo capaz de elevar la productividad de los más pobres y romper la trampa de la informalidad. Ese motor no puede ser la minería, demasiado intensiva en capital, ni la agricultura tradicional, demasiado fragmentada. Una alternativa viable es el desarrollo masivo del sector forestal, especialmente en la Amazonía y en las zonas altoandinas.
Un sector forestal moderno permitiría generar empleo formal en zonas rurales, sembrar y cosechar agua, reducir la erosión, mejorar la productividad agrícola, combatir la minería ilegal y la tala ilegal, capturar carbono y mitigar el cambio climático. Además, podría integrar a comunidades rurales en cadenas de valor sostenibles y con alto potencial exportador.
El sector forestal podría convertirse en el equivalente peruano del “milagro forestal” de Chile o Uruguay, pero adaptado a la realidad amazónica y andina. Sería un motor de desarrollo inclusivo, intensivo en mano de obra y con capacidad para transformar la estructura productiva del país.
Conclusión
La evolución del mercado laboral peruano entre 2007 y 2025 revela una historia de crecimiento sin transformación, de informalidad persistente y de brechas productivas que se amplían. La migración venezolana y la pandemia agudizaron tendencias preexistentes y dejaron al descubierto la fragilidad del modelo económico. La recuperación posterior ha sido insuficiente y desigual, con un empleo informal que sigue dominando amplios sectores de la economía.
El Perú necesita un nuevo motor de desarrollo que permita elevar la productividad de los más pobres y romper la trampa de la informalidad. El sector forestal, con su capacidad para generar empleo formal, restaurar ecosistemas y combatir actividades ilegales, ofrece una oportunidad histórica. Aprovecharla requiere visión, inversión y un compromiso político sostenido. Solo así el país podrá superar la trampa del ingreso medio y construir un futuro más inclusivo y sostenible. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).