Linterna de Popa 529
Jorge F. Baca Campodónico
Enero 2026
Cómo salir de la trampa de la pobreza
El sector forestal peruano ofrece la solución a mediano plazo
Destaque
El sector forestal peruano, al transformar millones de hectáreas degradadas en una base productiva moderna, puede generar empleo formal y descentralizado y elevar de manera sostenida la productividad de los sectores más pobres. Por su escala e impacto, este sector debe ser asumido por los candidatos a las elecciones como el nuevo motor de crecimiento de mediano plazo del Perú.
Desde la promulgación de la Constitución de 1993 y el giro hacia un modelo económico orientado al mercado, el Perú ha atravesado uno de los periodos de crecimiento más prolongados de su historia republicana. La estabilidad macroeconómica, la apertura comercial y la atracción de inversión privada impulsaron sectores como la minería y, más recientemente, la agroexportación, que se convirtieron en motores de expansión económica. Gracias a ello, la pobreza disminuyó de manera notable durante las dos primeras décadas del siglo XXI, alcanzando avances que parecían inalcanzables en los años ochenta.
Sin embargo, este crecimiento, aunque significativo, no ha logrado transformar la estructura productiva ni integrar plenamente a la población al desarrollo. Hoy, cerca del 30% de los peruanos permanece atrapado en la trampa de la pobreza, inmerso en un círculo de baja productividad, falta de oportunidades y vulnerabilidad económica. Más del 70% de la fuerza laboral se encuentra en la informalidad, sin derechos laborales ni protección social, y la ausencia de empleo formal de calidad alimenta tensiones sociales, frustración ciudadana y un incremento sostenido de la criminalidad. El país creció, pero no consiguió construir un mercado laboral moderno ni una base productiva diversificada que sostenga el bienestar en el largo plazo.
Nuevo motor de crecimiento económico y generación de empleo
En este contexto, la búsqueda de un nuevo motor de crecimiento —capaz de generar empleo masivo, elevar la productividad laboral y reducir la informalidad— se vuelve urgente. Y es aquí donde emerge una oportunidad largamente postergada: el desarrollo del sector forestal peruano, una industria con el potencial de transformar tanto los Andes como la Amazonía y convertirse en un eje estratégico de inclusión social, sostenibilidad ambiental y dinamización económica.
El ejemplo de Chile
Para dimensionar esta oportunidad, resulta útil observar el caso chileno. Chile, con una superficie forestal mucho menor que la peruana, logró construir una industria moderna y competitiva gracias a una política pública decisiva: el Decreto Ley 701 de 1974. Esta norma, una de las más influyentes en la historia forestal latinoamericana, promovió la forestación y reforestación en suelos de aptitud preferentemente forestal, muchos de ellos degradados. El Estado chileno asumió entre el 75% y el 90% de los costos de plantación —desde la preparación del suelo hasta el mantenimiento inicial— reduciendo casi por completo el riesgo para los inversionistas.
Chile constituye un caso singular en la región: un país con una superficie forestal relativamente limitada que logró convertirla en una base productiva moderna, estable y altamente rentable. Tal como muestra el Gráfico 1, desde 1970 la superficie forestal total chilena se ha mantenido prácticamente constante, pese al crecimiento explosivo de sus plantaciones comerciales. Este proceso no implicó una expansión sobre bosques nativos, sino una reconversión inteligente de suelos degradados, acompañada de políticas públicas consistentes, manejo silvicultural intensivo e integración industrial. El resultado fue una industria forestal competitiva a nivel global, generadora de empleo formal, exportaciones de alto valor agregado y desarrollo territorial sostenido.

La superficie apta para forestación de Chile y Perú
El contraste con el Perú es contundente. En 1970, el país contaba con una de las mayores superficies de bosque tropical del mundo, superando los 80 millones de hectáreas (ver Gráfico 1). Sin embargo, lejos de consolidar esta ventaja natural como plataforma de desarrollo, la superficie forestal peruana ha seguido una tendencia descendente durante las últimas cinco décadas. La deforestación histórica —entre 80 y 120 mil hectáreas anuales en los años setenta y ochenta, acelerándose después del 2000— evidencia una pérdida constante de capital natural que no ha sido compensada por reforestación ni por el desarrollo de plantaciones comerciales a gran escala.
Buena parte de esta destrucción se explica por la expansión de la minería ilegal en la Amazonía, especialmente en regiones como Madre de Dios, donde miles de hectáreas de selva han sido devastadas por actividades extractivas informales, altamente contaminantes y sin encadenamientos productivos sostenibles. A diferencia del caso chileno —donde la intervención forestal respondió a una estrategia de largo plazo—, en el Perú la Amazonía ha sido tratada como una frontera sin Estado efectivo, donde se dilapida un recurso estratégico sin generar desarrollo duradero, empleo formal ni ingresos fiscales significativos.
Paralelamente, el país ha abandonado sistemáticamente el enorme potencial forestal de la sierra. Los Andes peruanos cuentan con millones de hectáreas de suelos de aptitud forestal degradados, ideales para plantaciones templadas, restauración ecológica y manejo hídrico. Sin embargo, la ausencia de un programa nacional de reforestación, la falta de incentivos económicos y la escasa articulación institucional han impedido que estas áreas se integren a una estrategia productiva.
En suma, el gráfico 1 no solo muestra una diferencia significativa de superficies forestales, sino un contraste estructural de estrategias de desarrollo. Chile demuestra que, incluso con recursos limitados, es posible construir una industria forestal moderna y sostenible. El Perú, en cambio, pese a poseer un patrimonio forestal inmensamente superior, lo está erosionando aceleradamente mediante la deforestación, la minería ilegal y el abandono de su potencial andino.
La superficie en producción forestal de Chile y Perú
El impacto del modelo chileno ha sido extraordinario. El país pasó de unas 300 mil hectáreas de plantaciones en los años setenta a más de 2.9 millones en la actualidad (ver Gráfico 2). Sobre esa base se levantó una industria integrada que produce celulosa, tableros, madera estructural, papel y bio productos, y que hoy exporta más de seis mil millones de dólares anuales. El DL 701 no solo recuperó suelos degradados: creó empleo rural, atrajo inversión privada y dio origen a conglomerados industriales que operan con estándares globales.

El Perú, en contraste, posee más de 73 millones de hectáreas de bosques, una diversidad biológica excepcional y condiciones climáticas favorables tanto en la Amazonía como en los Andes. Sin embargo, la falta de infraestructura, la informalidad persistente, la escasa inversión en plantaciones comerciales y la débil integración industrial han impedido que esta riqueza se traduzca en desarrollo. La Amazonía sigue siendo un gigante dormido, con suelos aptos para plantaciones tropicales de rápido crecimiento y un potencial inmenso para el manejo sostenible de bosques naturales. Los Andes, por su parte, ofrecen condiciones ideales para plantaciones templadas, manejo hídrico y recuperación de suelos, pero carecen de un programa nacional que articule esfuerzos a gran escala.
La evolución de la superficie forestal en producción revela con claridad dos trayectorias profundamente distintas. En Chile, la superficie destinada a la producción forestal creció de manera acelerada y sostenida entre 1970 y 2015, impulsada por una política pública consistente que promovió las plantaciones comerciales, el manejo silvicultural y la integración industrial. En poco más de cuatro décadas, Chile transformó una base territorial limitada en cerca de tres millones de hectáreas bajo producción forestal, sentando las bases de una industria moderna y altamente competitiva a nivel internacional.
El contraste con el Perú es elocuente. A pesar de contar con una superficie apta para actividades forestales muy superior a la chilena, la evolución de la superficie forestal en producción ha sido lenta, errática y marginal. Durante décadas, el país no logró traducir su abundancia de bosques amazónicos ni el enorme potencial forestal de la sierra en una base productiva formal. Como resultado, hacia 2025 la superficie forestal efectivamente manejada para producción en el Perú sigue siendo muy inferior a la de Chile, pese a disponer de decenas de millones de hectáreas con aptitud forestal.
Paradójicamente, esta situación encierra una oportunidad histórica. A diferencia de Chile —que ya enfrenta límites físicos para expandir su superficie forestal en producción—, el Perú dispone de un amplio margen para crecer. Si se implementaran las medidas correctas —un programa nacional de plantaciones comerciales, manejo sostenible de bosques, formalización, infraestructura y una movilización masiva de reforestación—, el país podría expandir aceleradamente su superficie forestal productiva. En un horizonte de una década, el Perú no solo podría cerrar la brecha existente, sino incluso superar los niveles actuales de superficie forestal en producción de Chile, transformando su abundancia territorial en empleo, productividad y desarrollo sostenible.
Exportaciones de productos forestales
La evolución de las exportaciones de productos forestales (ver Gráfico 3) refuerza el contraste estructural entre Chile y el Perú. En el caso chileno, el crecimiento sostenido de la superficie forestal en producción desde la década de 1970 se ha traducido directamente en un fuerte aumento de las exportaciones forestales. Entre 1970 y 2015, Chile consolidó una industria forestal altamente integrada —desde plantaciones hasta celulosa, madera aserrada, tableros y derivados— que permitió multiplicar el valor de sus envíos al mundo, posicionando al sector forestal como uno de los principales pilares de sus exportaciones no mineras.

Este dinamismo exportador, sin embargo, refleja hoy los mismos límites estructurales que enfrenta la superficie forestal en producción. Al haber incorporado prácticamente toda su superficie apta para actividades forestales, Chile enfrenta un techo físico a la expansión del volumen exportable. En este nuevo escenario, el crecimiento futuro de las exportaciones forestales chilenas dependerá fundamentalmente de mejoras de productividad, mayor valor agregado y sofisticación de productos, más que de una expansión significativa de la base forestal. El gráfico sugiere, por tanto, que el extraordinario dinamismo exportador chileno se encuentra en una fase de maduración.
En contraste, el desempeño exportador del Perú en productos forestales ha sido históricamente modesto y muy por debajo de su potencial (ver Gráfico 3). A pesar de contar con una superficie apta para la forestación y el manejo forestal muy superior a la de Chile, el país no ha logrado desarrollar una industria forestal exportadora a escala comparable. Las exportaciones forestales peruanas siguen siendo marginales dentro de la canasta exportadora nacional y se concentran en productos de bajo nivel de transformación, reflejando la escasa superficie forestal efectivamente manejada para producción y la débil articulación industrial del sector.
Esta brecha exportadora no responde a una desventaja natural, sino a la ausencia de una estrategia forestal integrada. Mientras Chile convirtió sus plantaciones en una plataforma de exportaciones sostenidas y diversificadas, el Perú ha permitido que gran parte de su capital forestal se degrade o se pierda —especialmente en la Amazonía, afectada por la minería ilegal— sin transformarlo en un activo productivo formal. Paralelamente, millones de hectáreas con aptitud forestal en la sierra permanecen subutilizadas, sin programas de plantaciones comerciales que puedan alimentar una futura industria exportadora.
Paradójicamente, esta situación implica que el potencial de crecimiento exportador del Perú es significativamente mayor al de Chile. A diferencia de este último, el Perú no enfrenta límites territoriales estrictos para expandir su superficie forestal en producción. Si se implementaran políticas adecuadas —incluyendo un programa masivo de forestación y reforestación, seguridad jurídica, formalización, infraestructura y desarrollo industrial— el país podría expandir rápidamente su base productiva y, con ello, sus exportaciones forestales. En un horizonte de diez años, el Perú no solo podría multiplicar varias veces sus exportaciones actuales de productos forestales, sino superar los niveles de exportaciones forestales que hoy alcanza Chile, aprovechando su enorme dotación de tierras aptas para la actividad forestal.
En suma, el gráfico 3 no solo ilustra una diferencia histórica en exportaciones, sino una ventana de oportunidad estratégica. Chile demuestra cómo un país con recursos forestales limitados puede construir un sector exportador robusto y competitivo. El Perú, con una disponibilidad territorial muy superior, aún no ha activado ese potencial. La evidencia sugiere que, con una estrategia correcta, el sector forestal podría convertirse en uno de los principales motores de diversificación exportadora del país, reduciendo su dependencia de la minería y generando crecimiento sostenible de largo plazo.
La solución: Un Servicio Civil de Conservación para el Perú
En este escenario, la idea de un Servicio Civil de Conservación adquiere una fuerza singular. Inspirado en el Civilian Conservation Corps (CCC) creado por Franklin D. Roosevelt en 1933, este servicio podría movilizar a todos los jóvenes de 18 años en un periodo de trabajo remunerado con salario mínimo, de formación técnica y supervisión profesional. El CCC estadounidense logró reforestar millones de hectáreas, construir reservorios, recuperar suelos degradados y modernizar la infraestructura rural, al mismo tiempo que reducía el desempleo juvenil y mejoraba su capacitación en plena Gran Depresión. El Perú enfrenta desafíos similares: degradación ambiental, baja productividad agrícola, falta de infraestructura hídrica y un desempleo juvenil que limita las oportunidades de desarrollo.
Un Servicio Civil de Conservación permitiría enfrentar estos problemas de manera simultánea. En los Andes, los jóvenes podrían participar en la reforestación masiva con especies nativas y comerciales, la construcción de reservorios, la ampliación de canales de regadío (amunas) y zanjas de infiltración, la recuperación de bofedales y la implementación de sistemas de siembra y cosecha de agua. En la Amazonía, podrían apoyar la restauración de bosques degradados por minería ilegal, el manejo forestal comunitario y la instalación de plantaciones tropicales de rápido crecimiento. Todo ello acompañado de programas de extensión agrícola que transfieran tecnología a comunidades campesinas y nativas, mejoren el manejo de suelos y promuevan sistemas agroforestales.
Los beneficios serían múltiples. El país reduciría el desempleo juvenil, aumentaría la productividad agrícola gracias a una infraestructura hídrica más robusta, expandiría aceleradamente su base de plantaciones forestales y fortalecería la resiliencia de los ecosistemas frente al cambio climático. Además, al integrar a jóvenes urbanos y rurales en un proyecto nacional de restauración ecológica, se construiría capital humano y cohesión social en territorios históricamente postergados. La reducción de la pobreza rural —que aún afecta a cerca del 30% de la población— sería un resultado directo de esta combinación de empleo, infraestructura y productividad.
Conclusión
Hay que tomar en cuenta que la reforestación, por sí sola, no basta. Para que el Perú pueda superar la producción forestal de Chile, necesita articular esta movilización nacional con una estrategia industrial moderna. Ello implica crear un Programa Nacional de Plantaciones Comerciales que incentive la inversión privada y comunitaria, desarrollar clústeres forestales en regiones como Ucayali, Madre de Dios, Junín, Cusco, La Libertad y Cajamarca, modernizar la logística amazónica con carreteras sostenibles y puertos fluviales, y establecer sistemas de trazabilidad y certificación que eliminen la informalidad y abran mercados internacionales. La ciencia y la tecnología deben ocupar un lugar central, con centros de investigación genética, silvicultura avanzada, biomateriales y madera estructural.
La experiencia chilena demuestra que una política pública bien diseñada puede transformar un país en un período de 10 años. El Perú tiene la oportunidad de construir su propio camino, uno que combine reforestación masiva, industrialización y desarrollo territorial con inclusión social. Un Servicio Civil de Conservación podría convertirse en el motor de esta transformación, movilizando a toda una generación hacia la restauración ecológica y la modernización rural. Con una estrategia de esta magnitud, el país no solo podría igualar sino superar la producción forestal de Chile, al tiempo que reduce la pobreza, genera empleo juvenil y fortalece la resiliencia ecológica y productiva del territorio. Con tres motores de desarrollo: minería, agroexportación y producción forestal el Peru podría en un periodo de 10 años duplicar su PBI. (El contenido de esta columna se puede consultar en http://www.prediceperu.com/).